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BERLÍN 2017 Forum

Foreign Body: un relato magnético sobre la inmigración

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- BERLÍN 2017: La tunecina Raja Amari teje, alrededor de la historia de una inmigrante clandestina, un estudio implacable sobre la atracción de los cuerpos y los contornos del individuo

Foreign Body: un relato magnético sobre la inmigración
Sarra Hannachi, Salim Kechiouche y Hiam Abbass en Foreign Body

El cuarto largometraje de la guionista y directora Raja Amari, que antes de asistir a la Fémis (la escuela nacional de cine de Francia) estudió danza en el Conservatorio de Túnez, obtiene su increíble fuerza de la atención efusiva a los movimientos y de la atracción de los cuerpos, siguiendo una dinámica triangular parecida (hasta en los nombres de los personajes) a la de su primera película, Red satin [+lee también:
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, pero esta vez en el contexto de la inmigración clandestina. Estos dos campos de exploración se evocan en el título Foreign Body [+lee también:
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, y como en el título, se enlazan con una coherencia y una sensualidad extraordinarias.

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Foreign body, presentada en el Festival de Berlín, comienza brutalmente con un movimiento de expulsión (complementado con una inmersión). Vemos cómo las personas arrojadas al mar ascienden a la superficie presas del pánico y se dispersan silenciosamente, dejando atrás algunas pertenencias (un biberón, un pasaporte tunecino…), pedazos de vidas que vienen desde lejos y que van a parar a las algas. La conmoción por el modo en que inicia la historia, que sigue a Samia (Sarra Hannachi), una joven tunecina que llega clandestinamente a Lyon y que poco a poco se integrará en este nuevo universo al mismo tiempo que alcanza su libertad, rondará la película hasta el final, como una pesadilla incesante, una mezcla entre el trauma y la amenaza.

No sabemos cómo Samia llega a Lyon, pero lo que importa no es el viaje, sino su incorporación (y la determinación que demuestra y que se puede leer en su bello rostro). El primero en abrirle la puerta es Imed (Salim Kechiouche), un seductor muchacho que la trata con la ternura de un hermano mayor antes de revelar, cuando ve que muestra un poco el cuerpo en medio de un tórrido baile, una posesividad subconsciente y perturbadora. La joven, que evoluciona como el agua que fluye, no tarda en encontrar un nuevo alojamiento casa de una mujer adinerada que acaba de perder a su marido (Hiam Abbass, también actriz en Red Satin). A pesar de tener apellido francés, los orígenes de Leïla se vislumbran en ocasiones, y posee una mirada particular que parece esconder un secreto. Surge entre ambas una relación sensible y hosca a la vez, que se nutre de sus reticencias y de su capacidad de abandono; una relación compleja y fluida, como un juego de espejos en el que se intercambian los roles constantemente y que también sugiere, completada por la figura de la madre que permanece en Túnez, algo muy bello sobre las mujeres árabes: una distancia (la misma de la que carecen los hombres de la película, especialmente el gran ausente, el hermano devoto cuya sombra se siente durante toda la historia), una complicidad especial.

La triangulación del binomio femenino de Imed añadirá una cálida sensualidad y la ambigüedad de los sentimientos que circulan a lo largo de la película entre los personajes, libremente, como si se tratara de algo natural. A medida que se despliega esta magnética danza, el mismo cuerpo, al principio magullado y oprimido, se libera y sigue los deseos sin crear más ataduras que las emocionales y voluntarias, sin obligaciones (ni siquiera una ciega lealtad familiar). Paralelamente, el tema del vestuario, hábilmente bordado al interior de la trama, remite en primer lugar a la vestimenta que connota una posición social (por procedencia o condición), o aquel tras el que podemos pasar desapercibidos, para convertirse más tarde en el tejido que desnuda tras las derrotas, el estuche femenino con el que jugamos y que se intercambia, así como el pequeño fular de colorida seda que pasa del olor de un cuello a otro, sin distinción de sexos y que complementa el epílogo con sus ondulaciones melancólicamente evocadoras y solitarias que ofrecen al espectador, profundamente conmocionado en cuerpo y alma, una última imagen soberbia en la que dejar que la mente continúe flotando.

La película es una producción de Nomadis Images (Túnez) y Mon Voisin Productions (Francia), que UDI venderá internacionalmente.

(Traducción del francés)

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