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CANNES 2017 Semana de la Crítica

Une vie violente: la regla de la sangre

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- CANNES 2017: Thierry de Peretti se sumerge en la frontera peligrosa y opaca del nacionalismo corso y de la delincuencia con una película realista y crepuscular

Une vie violente: la regla de la sangre

“Los grandes galeses no entienden nada, están en París, no saben de qué hablan". Entre el continente y Córcega, reina desde siempre la niebla y, desde el paso a la lucha armada del FLNC (el Frente de Liberación Nacional de Córcega) en 1976, las múltiples disidencias, las guerras fratricidas y la creciente sombra de la criminalidad no han hecho sino reforzar la opacidad con que los medios de comunicación nacionales informan de las noches explosivas y otros asesinatos que pautan la existencia en la isla. Espesa es, pues, la niebla en la que Thierry de Peretti ha decidido sumergirse para esclarecer algunos hilos con su segundo largometraje, titulado Une vie violente [+lee también:
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y presentado en una proyección especial en la Semana de la Crítica del 70º festival de Cannes.

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Fiel al estilo deliberadamente antiespectacular (fundado en el recurso exclusivo de actores locales y una cámara sin ínfulas) con que ya marcó Les Apaches [+lee también:
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(presentada en la Quincena de los Realizadores de 2013), el cineasta va presentando piezas de un puzzle poblado de zonas de sombra a imagen y semejanza de un movimiento independentista, el corso, atravesado por maniobras invisibles, reproches, conflictos y traiciones que acaban haciendo circular ríos de sangre cuando afloran a la superficie. Une vie violente desvela una radicalidad política que se parece mucho a una pelea de espadachines a través del recorrido emblemático, a lo largo de cinco años, de Stéphane (Jean Michelangeli), un  estudiante corso de 18 años de edad al que la amistad con un pequeño grupo de delincuentes llevará a la cárcel en 1997 por haber aceptado transportar una bolsa con armas en ferry.

Todo empieza en París en 2001, cuando Stéphane descubre el asesinato de un allegado y decide "no ser cobarde" y volver a la isla para el entierro. La película (escrita por el propio director y Guillaume Bréaud) regresa a Bastia a modo de flashback y luego a la prisión, donde el joven se deja seducir por el discurso independentista de sus compañeros de celda, en especial del líder François ("todo el mundo hace trampas, así que hay que hacer saltar por los aires la mesa"). Una vez puesto en libertad, Stéphane empieza a hacer de intermediario para sus amigos delincuentes, que aceptan trabajar para esta nueva rama nacionalista sin desempeñar por ello un papel "oficial", de modo que logran proseguir con sus actividades ilegales libremente. En esta zona gris, el grupillo empieza a sembrar el caos bajo demanda a base de explosivos tanto como a pisar el terreno de otras fuerzas ocultas y mafiosas que tratan de meter mano en la economía de la isla. De todo aquello se da cuenta François ("esto podría convertirse en Sicilia; hay un buen número de ingredientes"), a quien no tardan en amenazar. Sin embargo, si su jefe cae, el futuro de Stéphane y sus amigos será de lo más negro, pues no son más que peones, marionetas en un juego que los supera.

Une vie violente es una constatación clínica de un desperdicio y un retrato sugerente de un panorama local bastante impenetrable que deja al espectador las claves para encontrar progresivamente su camino hacia la comprensión de los mecanismos del conflictivo macrocosmos reinante, todo ello agarrándose al recorrido individual y el idealismo de su personaje principal, que carece de la misma visión general clara sobre las amenazas que conmocionan las relaciones triangulares entre los independentistas, el estado y el crimen organizado. Esta inclinación la acentúa la áspera fotografía de Claire Mathon, logrando que la película se convierta en una obra tan críptica como apasionante.

Une vie violente es una producción de Les Films Velvet. La distribuirá en Francia su agente de ventas internacionales, Pyramide.

(Traducción del francés)

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