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DIAGONALE 2018

Crítica: Murer – Anatomie eines Prozesses

por 

- El juicio y la posterior absolución del “Carnicero de Vilna” sirven como argumento a la nueva película de Christian Frosch, estrenada en el Festival Diagonale

Crítica: Murer – Anatomie eines Prozesses
Karl Fischer en Murer – Anatomie eines Prozesses

El director austríaco Christian Frosch encontró por casualidad la idea para su drama judicial, Murer – Anatomie eines Prozesses [+lee también:
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, que inauguró el Festival Diagonale (del 13 al 18 de marzo). Durante una visita al Museo Estatal Judío Vilna Gaon, se topó con la figura del oficial austríaco de la SS Franz Murer, responsable de las atrocidades cometidas en el Gueto de Vilna entre 1941 y 1943. Después de la guerra, sólo quedaban 600 de los 80.000 judíos que residían en Vilna, conocida hasta entonces como “la Jerusalén del Norte”. Frosch, sorprendido de no haber escuchado nunca nada sobre el “Carnicero de Vilna”, empezó a investigar el caso Murer en los archivos estatales hasta que encontró la prueba de uno de los juicios más vergonzosos del siglo xx. Franz Murer fue condenado en Lituania a 25 años de trabajos forzados por el asesinato de ciudadanos soviéticos en 1948 y puesto en libertad en 1955 con motivo del Tratado de Estado austríaco. Esto le permitió volver a Estiria, donde inició su carrera como representante de distrito del Partido Popular Austríaco y, más adelante, su negocio agrícola. Gracias a la perseverancia de Simon Wiesenthal, Murer fue arrestado nuevamente en 1962 y llevado a juicio en 1963 en Graz.

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Christian Frosch escribió un guión basado en los archivos del juicio, cuyo argumento narra los 10 días que duró el juicio donde Murer fue absuelto. La habilidad del director para transmitir el sentimiento general de una nación que todavía niega su pasado reciente tiene más peso que el juicio en sí mismo. “Los niños siempre causan buena impresión a los miembros del jurado: cuanto más pequeños, mejor”, le dice Böck, el abogado de la defensa (Alexander E Fennon), a un relajado Murer (Karl Fischer) antes del juicio. También le aconseja qué ropa ponerse: “No uses botones… Una chaqueta raída significa trabajo y patria”. En efecto, patria y “valores austríacos” son las bazas del abogado durante el juicio. Confronta ficción y hechos, utilizando la creencia extendida de que Austria fue la primera víctima de Anschluss. La película también expone las mentiras políticas para encubrir a figuras públicas y, de este modo, hacer más comprensible la absolución de Murer.   

Los miembros de jurado parecen poco impresionados por las historias de horror que cuentan los testigos. Los testimonios desgarradores de Leon Schmigel (Doval'e Glickman), cuyo hijo fue asesinado de un disparo ante sus propios ojos, y Jakob Kagan (Ariel Nil Levy), cuyo padre tuvo un destino similar, sólo consiguen conmover a uno de ellos. El abogado de la acusación, Schuhmann (Roland Jaeger), intenta subrayar la indiferencia de un entorno ajeno a los crímenes cometidos. La cinematografía del veterano director de fotografía Frank Amman aporta autenticidad con su acercamiento documental y complementa el excelente diseño de vestuario de Alfred Mayerhofer, y los decorados de Sylvia Kasel. La talentosa coach de lengua Tal Hever consigue resucitar el Yiddish, como se puede observar en el Simon Wiesenthal de Karl Markovics.

Las localizaciones de la película se han rodado en Viena y Luxemburgo. Se trata de una coproducción entre Prisma Film (Austria) y Paul Thiltges Distributions (Luxemburgo), con el apoyo de ORF.

(Traducción del inglés)

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