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CANNES 2018 Quincena de los Realizadores

Crítica: Pájaros de verano

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- CANNES 2018: Ciro Guerra y Cristina Gallego componen un fresco ambicioso, etnográfico y shakespeareiano en torno a las fuentes del narcotráfico en Colombia

Crítica: Pájaros de verano

"Los espíritus te tendrán vigilado". En el desierto de Guajira, en el norte de Colombia, la interpretación de las señales y los sueños, el poder de los presagios y los talismanes y la sólida tradición inundan la cultura de los indígenas wayú y la solidaridad entre clanes por un territorio que "defendieron contra piratas, ingleses, españoles y gobiernos". A finales de los años 60, sin embargo, nació una nueva amenaza: las oportunidades que ofrecía el tráfico de marihuana.

Es ahí cuando Ciro Guerra y Cristina Gallego decidieron situar el arranque de Pájaros en verano [+lee también:
tráiler
ficha del filme
]
, una película apasionante y original sobre el auge y la decadencia de una familia aspirada por "este diabólico negocio". Semejante fresco tráfico se extiende a lo largo de doce años y desarrolla un estilo propio, casi barroco, en el que mezcla un universo de machotes malhechores con sus códigos y rituales propios de una sociedad matriarcal, un universo de western casi a lo Sergio Leone no sin moralina y cierto aspecto de alegoría subyacente sobre la Historia reciente de Colombia y hasta del capitalismo más salvaje. En definitiva, ha sido una obra polifónica de lo más ambiciosa la que se ha encargado de dar el pistoletazo de salida a la 50ª Quincena de los Realizadores del 71º Festival de Cannes.

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"30 cabras, 20 vacas, 5 colgantes y 2 mulas": he ahí la dote que debe reunir Rapayet (José Acosta) para casarse con la hermosa Zaida (Natalia Reyes) y entrar en la familia Ashaina, dirigida con mano de hierro por la madre de la prometida, Úrsula (la carismática Carmiña Martínez). El contrabando de café genera pocos beneficios y los hippies gringos que están de paso parecen apreciar la hierba, así que Rapa y su compadre Moisés (el truculento Jhon Narváez) se meten en el tráfico de marihuana. Para ello, se asocian con la familia de Aníbal (Juan Martínez), que empieza a cultivar el producto a gran escala en la montaña, toda vez que los otros dos sirven de transportistas e intermediarios con los americanos,que no tardarán en fletar aviones para llevarse toneladas de hierba. Pasa el tiempo, la riqueza se acumula, la corrupción se apodera de las nuevas generaciones y los apetitos empiezan a chocar entre sí, resquebrajando lealtades a pesar del peso de las tradiciones wayú, que tanto tratan de preservar Úrsula y el mensajero Peregrino (el excelente José Vicente Cotes).

Construida en cinco cantos ("Hierba salvaje 1968", "Las tumbas 1971", "La prosperidad 1979", "La guerra 1980" y "Los limbos"), Pájaros de verano es una obra sorprendente y atípica, llena de fuertes contrastes (personas con los pies en la tierra dentro de una cosmogonía compleja, economía rural en la espiral del capitalismo moderno, respeto de los vínculos familiares en las derivas de los lujos del poder, hombres en primer plano con mujeres que mueven todos los hilos, realidad hecha de sueños…): un cocktail que no intenta hacer alarde de violencia sino más bien dibujar un retrato en el tiempo de un sistema que desborda a sus iniciadores y destruye sus raíces. Aunque esta apasionante parábola cuenta con una preciosa puesta en escena, peca un poco en ocasiones de cierta teatralidad shakespeareiana en sus rituales y un ritmo ligeramente desigual. El conjunto, no obstante, prueba que, tras la fascinante El abrazo de la serpiente, Ciro Guerra (esta vez asociado oficialmente en la dirección con Cristina Gallego) tiene calidad suficiente como para dar aún mucho que hablar.

Pájaros de verano es una coproducción entre Colombia, Dinamarca (Snowglobe) y México. Su agente de ventas internacionales es Films Boutique.

(Traducción del francés)

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