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CANNES 2018 Quincena de los Realizadores

Crítica: Climax

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- CANNES 2018: Gaspar Noé, en la cima de su arte para sumergirnos en la pesadilla, nos ofrece una película donde un grupo de bailarines se ve inmerso en un very bad trip apasionante

Crítica: Climax

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, la nueva película de Gaspar Noé, es un paroxismo genial y parece haber encontrado su lugar en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes (después de haber competido por la Palma con Irréversible en 2002 y Enter the Void [+lee también:
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en 2009), esa sección “salvaje” nacida del espíritu de mayo del 68 que busca la “singularidad” y “encender la llama” (como dice un vídeo conmemorativo de su 50ª edición).  

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Esta película contiene todos los elementos que han hecho de Noé un cineasta culto que no es para todo el mundo, ya que deja a un lado los aspectos potencialmente alienantes (en especial, una cierta complacencia en la dosis de sus ingredientes predilectos) para salir fortalecido, con un dominio total sobre el guión y la puesta en escena, de una brillantez cautivadora tanto en los movimientos de cámara como en el juego de la duración de las escenas. En poco más de una hora y media, demuestra que no es necesario recurrir al 3D o a la VR para ofrecer una experiencia de inmersión auténtica de la que el espectador sale exultante de cinefilia renovada.  

Noé reconstruye los hechos tras explicar que la historia se inspira en un suceso ocurrido en los años 90, y presenta la historia que veremos a continuación con un bonito fondo blanco, manchado de sangre y rasgado por la palabra “Después”. Este recurso aumenta nuestra curiosidad y aprehensión (exacerbadas por la ruptura de tono que viene después). Empieza por presentarnos a los personajes (un grupo diverso de bailarines modernos que se reúnen para preparar un espectáculo) mediante entrevistas más o menos existenciales que se proyectan en una pantalla de televisión, rodeada de libros y cintas VHS. La escena siguiente, donde Noé disfruta con la paleta de colores propia de la época del argumento, es el mencionado número de baile (donde cada uno evoluciona tanto en solitario como en relación a los comportamientos de los demás), durante una noche de descanso, donde los bailarines presentan coreografías libres, sobre una banda sonora extraordinaria, y con diálogos entre dos o tres personas perfectamente coreografiados, que nos permiten conocerlos mejor; y a ellos, juzgar sus opciones sexuales después de la velada. De repente, todo cambia: ¡Alguien ha puesto algo en el ponche! Uno por uno, nuestros bailarines se ven atrapados en una niebla infernal de sensaciones y alucinaciones que podemos vivir a través de ellos, en estos ambientes nocturnos y al rojo vivo que el director conoce tan bien.  

Noé puede permitirse equilibrar esto y aquello, aforismos sobre la vida y la muerte en letras grandes sobre la pantalla, porque tiene la gracia de no tomarse en serio a sí mismo (desde los créditos iniciales que anuncian que Arte ha financiado la película, cortados sin ambages a mitad de la frase) y de saber combinar en esta película total, el humor con el terror febril, perlado de sudor, de pesadilla laberíntica que se estrecha como un cerco a medida que avanza la película, donde todo se despliega sin fin. El resto no se cuenta, ya que la única forma de hacerlo es una película de Gaspar Noé.

La compañía Wild Bunch gestiona las ventas internacionales de Climax, “una película francesa y orgullosa de serlo” que es, en realidad, una coproducción franco-belga (producida por Rectangle Productions y coproducida por Arte France CinémaWild BunchLes Cinémas de la Zone y Artémis Productions).

(Traducción del francés por Carolina Benítez)

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