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SAN SEBASTIÁN 2018 Competición

Crítica: El cuaderno negro

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- SAN SEBASTIÁN 2018: Valeria Sarmiento firma una película de época tan pasional como límpidamente anacrónica que brota de la relación maternofilial entre un niño y su criada

Crítica: El cuaderno negro
Lou de Laâge y Tiago Varela da Silva en El cuaderno negro

Una historia de aventuras ambientada en el siglo XVIII, en la que en vez de primar los romances, las traiciones, las manipulaciones, las ambiciones y las enemistades (que los hay), lo hace una límpida corriente de amor maternofilial que se mantiene a lo largo de la vida de dos personajes. La intensa relación emocional que vertebra El cuaderno negro [+lee también:
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entrevista: Valeria Sarmiento
ficha del filme
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, la última cinta dirigida por la directora de origen chileno Valeria Sarmiento y presentada a competición en el 66° Festival de San Sebastián, es una oda a los sentimientos, declamada lejos de los cánones narrativos contemporáneos. “En el caso de que un espectador se espere algo más naturalista, no tendría que venir a ver esta película”, nos dice la propia Sarmiento con una amplia sonrisa.

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La cineasta retoma un guion escrito por el portugués Carlos Saboga para el desaparecido Raúl Ruiz, su marido y su estrecho colaborador durante prácticamente toda una vida, que adapta la obra del también luso Camilo Castelo Branco O livro negro de Padre Dinís. Un cuaderno negro recoge pues lo que se sabe acerca del misterioso origen del huérfano Sebastian, a quien la joven Laura (Lou de Laâge) lleva cuidando desde hace años, y con quien ella misma se siente identificada, puesto que sus orígenes también son inciertos. Después de la muerte de su primer tutor, el niño es confiado al Marqués de Lusault (Niels Schneider), que acepta también la compañía de Laura en su mudanza a París, justo antes de la llegada de la Revolución Francesa. Junto a ellos, sigilosamente, los acompañan sombras (entre ellas la del misterioso cardenal interpretado por Stanislas Merhar) que acabarán dando forma a su vida.

La abnegada Laura, una mujer con las ideas claras pero supeditadas a las férreas reglas sociales de la época, atraviesa, siempre al borde del abismo, distintas situaciones emocionales (su romance con el Marqués pronto se ve echado por tierra con la llegada de una amiga de la mismísima María Antonieta, una enfermedad la pone contra las cuerdas, el niño acaba siendo arrebatado de su vida, sus orígenes dejan de ser desconocidos) que la hacen vagar de un lado para otro en la cambiante Europa de la convulsa época.

Sarmiento pone el peso de la cinta en su Laura, esbozando un discurso femenino y feminista que según ella misma no figuraba en la versión original del guion. Lo que imaginado en las manos de Ruiz estaría repleto de florituras estilísticas y ondulaciones del tiempo (y del tempo), en las de Sarmiento se suspende sencillamente en una teatral claridad. La cinta, siempre ajena a las imposiciones del realismo y de la naturalidad y concentrada en los giros de la historia y en las figuras de los personajes, hace gala de una deliciosa naturaleza anacrónica que no es para todos los públicos, pero que alberga numerosos encantos para quien sea capaz de olvidarse de cómo suceden las cosas en la vida real.

El habitual colaborador tanto de Sarmiento como de Ruiz y tótem del cine europeo Paulo Branco produjo la película para sus compañías portuguesa Leopardo Filmes y francesa Alfama Films, y el resultado es marca de la casa, permitiendo establecer lazos tanto técnicos como creativos con buena parte del resto de sus producciones. Alfama Films también se ocupa de venderla al extranjero.

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