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VARSOVIA 2018

Crítica: Mihkel

por 

- El film de Ari Alexander Ergis Magnússon es un drama policiaco no apto para espectadores sensibles sobre un intercambio de droga que sale mal

Crítica: Mihkel
Tómas Lemarquis en Mihkel

Según el viejo dicho estonio (variante de otro muy conocido en el mundo hispanohablante), “Igal oinal on oma Mihklipäev”, es decir, “A todo carnero le llega su San Miguel”. Con esto, se quiere decir que toda forma de arrogancia tendrá su castigo en algún momento. En el día de San Miguel, era costumbre sacrificar ovejas; de forma análoga, asistimos a un sacrificio en la cinta Mihkel [+lee también:
tráiler
entrevista: Pääru Oja
ficha del filme
]
, de Ari Alexander Ergis Magnússon, un drama policiaco estonio, islandés y noruego que ha tenido dos prestrenos internacionales —en los festivales de Busan y Varsovia— y dos locales —en Islandia y Estonia— durante el presente mes de octubre. 

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Estamos en 2004. Mihkel (Pääru Oja) acepta una propuesta dudosa de un amigo de la infancia, Igor (Kaspar Velberg): llevará un misterioso maletín desde Tallin hasta el noreste de Estonia. Cuando llega, queda claro que Tallin era una estación sin retorno, y Mihkel se ve obligado a tragarse la mercancía (66 cápsulas de droga) y subirse a un vuelo a Reikiavik. Allí, se encuentra con dos delincuentes de poca monta, Jóhann (Atli Rafn Sigurðsson) y Bóbó (Tómas Lemarquis). Sus planes de volverse ricos se suspenden temporalmente cuando les resulta imposible sacar las cápsulas del estómago de Mihkel. 

Estos cuatro inadaptados funcionan tan bien juntos, complementándose mutuamente gracias a personalidades netamente delineadas, que eclipsan a todos los demás personajes, incluso a los de actores de prestigio como Ingvar E. Sigurðsson, que interpreta al padre de Jóhann, si bien es verdad que el resto de papeles son poco relevantes en la trama. La película es implacablemente cruda, y los paisajes islandeses, de una belleza estereotípica, se convierten en un telón de fondo desolador para actos criminales, subrayando la futilidad de la vida. 

El film engaña al público, convenciéndolo de que va a ver otra historia noir nórdica (nos hace pensar en la serie de Netflix producida por Baltasar Kormákur Trapped, pues en esta también había un cadáver mutilado, una brutalización de la naturaleza y un mafioso lituano como antagonista), pero el desastre que va desarrollándose se adentra cada vez más en el territorio del body-horror, provocando en el público una reacción mucho más fuerte de lo que cabría esperar y retándole a seguir mirando.

Aunque el título no sea necesariamente una alusión a San Miguel, el guardián de la iglesia (en el film, Mihkel recibe las drogas de la iglesia y protege así sus intereses criminales), hay guiños a la religión a lo largo de toda la película. Se describe a los estonios como una nación que solo va a la iglesia para “bodas y funerales”, y hay planos aéreos de Reikiavik en los que la imponente iglesia Hallgrímskirkja se yergue sobre la ciudad, pareciendo protegerla. Mihkel es el único culpable de su propia caída, pues se le presentan muchas oportunidades para echarse atrás, pero al final, elige el dinero, y hasta recibe la bendición de su novia, Veera (Maiken Schmidt). Podría decirse que el carnero estaba de acuerdo con su sacrificio; Mihkel podría ser una advertencia a jóvenes que quieran dedicarse al tráfico de drogas como mulas y que piensen que nunca les llegará su San Miguel. 

Mihkel es una producción de la compañía islandesa Truenorth, la estonia Amrion y la noruega Evil Doghouse Production. Las ventas internacionales están a cargo de la agencia danesa Level K.

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(Traducción del inglés)

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