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BERLÍN 2019 Panorama

Crítica: Chained

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- BERLÍN 2019: La segunda entrega de la “Trilogía del amor” de Yaron Shani es un thriller policiaco que se convierte en un drama familiar, protagonizado por no profesionales

Crítica: Chained
Eran Naim en Chained

El cineasta israelí Yaron Shani es más conocido por Ajami [+lee también:
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, que se llevó la mención especial de la Cámara de Oro de Cannes en 2009. Ahora en el ecuador de su ambiciosa “Trilogía del amor”, cuya primera parte, Stripped [+lee también:
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, se proyectó en la sección Orizzonti de Venecia el año pasado, nos presenta la segunda entrega, Chained [+lee también:
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, en la sección Panorama de la 69ª edición de la Berlinale.

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La película arranca prácticamente como un thriller policiaco: el agente de policía Rashi (Eran Naim) acude, junto a un colega, a una llamada por una disputa doméstica, y descubre a un hombre sospechoso de agresión y pedofilia con dos niños en su piso. Tras este incidente, reciben otro mensaje por radio, esta vez por otro niño, al que han ofrecido droga en un parque. Rashi y su colega se dirigen al lugar para investigar el caso y encuentran a seis adolescentes maleducados sentados en el césped; los registran de forma integral, pero no encuentran nada.

La situación familiar de Rashi es complicada. Su esposa, Avigail (Stav Almagor), acaba de perder un bebé. Rashi es un hombre fuerte, protector y atento, e intenta guardar la compostura y seguir adelante, pero también es policía. Por eso, cuando la hija de trece años de Avigail (Stav Patay) quiere hacerse una sesión de fotos provocativa, y la ve bebiendo con sus amigos de clase en un parque, se produce inevitablemente una discusión bastante fuerte, y su mujer le pide que se vaya a casa de sus padres durante unos días. Mientras tanto, uno de los adolescentes a los que Rashi había registrado, le cuenta lloriqueando lo sucedido a su padre, que tiene un alto cargo en el servicio de seguridad, y Rashi es acusado de acoso sexual, lo que da lugar a una humillante investigación y a una suspensión temporal de su cargo.

Conforme avanza, la película pasa de ser una historia policiaca a transformarse en un drama familiar que ya no da más de sí. El director escribió en las notas de prensa que “esta trilogía es parte de una nueva revolución cinematográfica, ya que rechaza la tradicional línea que separa la ficción de la vida real”. En particular, los protagonistas no están interpretados por actores, Naim es en realidad un policía retirado, que también interpretó a un detective en Ajami. “Durante casi un año han estado viviendo como sus personajes, paso a paso, cronológicamente, sin leer ningún guion ni ser conscientes de cuál sería su siguiente paso”, cuenta Shani en su nota de dirección.

Esto constituye al mismo tiempo el punto fuerte y el punto débil de la película. El comienzo resulta muy convincente, y el espectador queda cautivado por la extraordinaria presencia escénica de Naim, el talento natural de Almagor para representar (¿o ser?) a una mujer que se cuestiona sus propias decisiones y, por último, la joven Patay, que se limita a actuar como lo haría cualquier niña de trece años hoy en día. Sin embargo, con cada nuevo conflicto familiar se pierde un poco más la sensación de estar viendo una película, y el espectador se siente como si estuviera presenciando una discusión real en su propia familia.

Es una lástima que Shani esté planeando algún tipo de “revolución cinematográfica”, cuando la verdad es que es un director con mucho talento y buen ojo para el encuadre y la iluminación, un buen sentido del montaje y una gran sensibilidad a la hora de trabajar con actores, ya sean profesionales o no; pero la idea de que no profesionales hagan de sí mismos o representen a personajes similares a sí mismos poco tiene de revolucionaria. Si esta historia se hubiera representado, y no “vivido”, el resultado habría sido probablemente más realista. El cine representa un contexto conocido para la audiencia desde un nivel instintivo, y ningún tipo de actuación de método puede sustituir con éxito a una narración bien estructurada.

Chained es una coproducción de la productora israelí Black Sheep Film Productions y las alemanas The Post Republic y Electric Sheep. La empresa Alpha Violet, con sede en París, tiene los derechos internacionales.

(Traducción del inglés por Inés Seller)

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