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CRACOVIA 2019

Crítica: Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies

por 

- El documental de Marianne Kõrver sobre el famoso compositor estonio de música contemporánea nos lleva de viaje hacia el alma de un artista

Crítica: Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies
Tõnu Kõrvits (izquierda) en Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies

No hay paisaje más inspirador, melancólico y cinematográfico —todo al mismo tiempo—, que los páramos. Aunque la mayoría de nosotros apenas usemos esa palabra, el tipo de matorral bajo de tonos violetas, verdes y óxido que compone este terreno es reconocible al segundo. La naturaleza, por pretencioso que suene, juega un papel esencial en la música de Tõnu Kõrvits. Es ampliamente conocido en su Estonia natal (su trabajo más popular quizás sea Moorland Elegies), mientras que internacionalmente es eclipsado por su compatriota Arvo Pärt.

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En el documental proyectado en el Festival de Cracovia y dirigido por Marianne Kõrver, Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies [+lee también:
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, disfrutamos de los sonidos de una orquesta bastante insólita —formada por la música de Kõrvits, sus propias palabras y las de sus estudiantes y amigos— y observamos la belleza de la naturaleza báltica en unos planos muy líricos. Cada una de estas “voces” representa una parte distinta de la psique humana: la mente, el corazón y el alma. Todos ellos tratan de analizar cómo trabaja Kõrvits: de dónde parte su inspiración, qué involucra su proceso creativo, cómo enseña y, por tanto, cómo explica la música. Estas declaraciones y reflexiones son interesantes y reveladoras: nos recuerdan cómo pueden influir los sonidos y las canciones en nuestro cuerpo y cómo algo tan intangible puede relajar los músculos, la circulación y los huesos.

Kõrvits habla de su relación tan íntima con sus creaciones de una forma sumamente original y personal, por ejemplo, al señalar que componer música alegre le entristece. Y su melancolía es evidente, ya que el tema más importante en su obra parece ser la pérdida, concretamente la pérdida del vínculo entre el ser humano y la fuerza mística de la naturaleza. La música es pues, un intento desesperado de recuperar esa conexión y esa sensación de unidad, pero es también un intento condenado al fracaso. Expresar todo ello con palabras puede sonar pomposo y artificial, no obstante, cuando se “siente” a través de la música, resulta orgánico y auténtico.

Esta deducción puede llevarse todavía más allá: lo más interesante de las entrevistas con Kõrvits y sus amigos, entre los que se encuentra un primer ministro estonio, no son las palabras, sino más bien el silencio: las miradas en apariencia perdidas cuando hacen una pausa, o el brillo en la mirada cuando se preparan para decir algo más. Kõrver intenta capturar algo más que la presencia pura y física: quizás un atisbo de sus almas. Puede que el celuloide no sea el mejor medio para algo así, ya que la música sería más efectiva, pero el trabajo del director estonio es bastante impresionante.

Se han realizado muchos intentos cinematográficos para extraer el secreto de la creatividad, el origen de la inspiración y la grandeza del arte. Pero como observa astutamente Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies, a veces estos misterios no pueden explicarse. En su lugar, deberían ser vividos, y, por lo tanto, incluir tanta música y escenarios en el film ha sido una sabia decisión tanto artística como filosóficamente hablando.

Tõnu Kõrvits. Moorland Elegies ha sido producido por Klaasmeri.

(Traducción del inglés por Mar Muñoz Lorente)

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