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SAN SEBASTIÁN 2019 Horizontes Latinos

Crítica: Los tiburones

por 

- La uruguaya Lucía Garibaldi firma un retrato sencillo, atmosférico y pop de una adolescente navegando entre lo femenino y lo masculino

Crítica: Los tiburones
Romina Bentancur en Los tiburones

En plena temporada baja de una zona de veraneo de la costa de Uruguay, la tranquilidad y la despreocupación de sus habitantes se ve alterada por una noticia inesperada: puede ser que se hayan visto tiburones en sus playas. Muy poca gente se lo cree, pero Rosina, una introspectiva chica de 14 años, dice que sí ha visto alguno en el mar, y se convence de ello mientras nadie parece prestarle demasiada atención. De hecho, el ir a contracorriente en esto también no supone nada nuevo en el día a día de Rosina, una adolescente que navega sin un rumbo muy decidido, como sorteando los posibles mordiscos tanto de la gente que le rodea como de sí misma… en definitiva, una adolescente normal.

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La uruguaya Lucía Garibaldi se pone en la piel de esta adolescente para realizar su primer largometraje, titulado Los tiburones [+lee también:
tráiler
ficha del filme
]
, y estrenado a nivel mundial en la competición World Cinema Dramatic de Sundance (en donde se hizo con el Premio a Mejor Director) y proyectado ahora en la sección Horizontes Latinos del 67° Festival de San Sebastián.

Alrededor de la mirada de Rosina (la debutante Romina Bentancur), Garibaldi construye un delicado castillo de naipes emocional. Poco después de ver el primer tiburón, la joven empieza a trabajar en el mantenimiento de casas con un equipo de hombres muy hombres entre los que está Joselo (Federico Morosini), un joven pescador mayor que ella, por el que empieza a sentir algo. Su interés sexual se despierta en torno a él, a su piel sudada, a sus erecciones bajo su pantalón corto. Mientras, Rosina lidia con su familia, formada por un padre algo distante y severo, una madre ocupada con sus humildes intentos por llevar negocios (de productos de maquillaje y depilación), y una hermana con la que no se lleva especialmente bien. El contraste entre la introspección de Rosina y sus reacciones a su entorno tan cercano como hostil son lo que pone en marcha la historia de Los tiburones, que llega a su cénit con la arriesgada decisión que la protagonista toma para llamar la atención de su crush.

Con un ritmo pausado y una narración clara y sencilla, Garibaldi establece una sugerente atmósfera veraniega y pop, ayudada por la cristalina fotografía de Germán Nocella y los toques de indietrónica upbeat de Fabrizio Rossi y Miguel Recalde. Cierto es que la película no descubre nada nuevo, ni su historia se desmarca del coming-of-age genérico, pero su tímida personalidad la hace digna de atención. Quizá su mejor baza sea su punto de vista femenino y su capacidad para hablar de las tribulaciones de una joven adolescente desde él, tratando las relaciones entre mujeres, los temas sexuales y los cuerpos de manera natural, fresca y desprejuiciada. Sobre todo esto, Rosina intenta navegar entre lo masculino y lo femenino para acabar entendiéndose un poco más (que no del todo) a sí misma.

La película ha sido producida por la uruguaya Montelona Cine, la argentina Trapecio Cine y la española Nephilim Producciones, y la vende al extranjero la estadounidense Visit Films.

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