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LES ARCS 2019

Crítica: Sing Me A Song

por 

- El documentalista Thomas Balmès se reencuentra con el joven budista Peyangki, su personaje de Happiness, en plena crisis adolescente en un Bután en pleno proceso de modernización

Crítica: Sing Me A Song

“Con sabiduría, diriges las sombras de la ignorancia”. Una veintena de monjes sentados a la mesa, niños y adolescentes vestidos de rojo, salmodian una oración budista; pero, si miramos más de cerca, descubrimos que al mismo tiempo están jugando a videojuegos o viendo vídeos en sus teléfonos móviles. Thomas Balmès refleja este choque entre las tradiciones espirituales y el hipermaterialismo en su nuevo documental, Sing Me A Song, proyectado en la sección Playtime de la 11ª edición del Festival de Cine Les Arcs, después de su estreno en Toronto.

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El cineasta francés cumple el sueño de cualquier director: captar el paso del tiempo a través del reencuentro con un personaje varios años después. Thomas Balmès se reencuentra con Peyangki, personaje de su aclamada película Happiness (premiada en Sundance 2014), en los espectaculares decorados del Himalaya, en Bután. En la primera entrega, cuando tenía ocho años, ya manifestaba deseos contradictorios: “Quiero ver aviones y casas grandes; pero cuando sea mayor, quiero ser monje, hacer retiros y meditar para después convertirme en lama, pero también vivir en una casa y tener electricidad”. En la actualidad, el pueblo de Laya está conectado con el resto del país y del mundo vía carretera, red eléctrica y satélite; y el adolescente de 17 años ha desarrollado, a través de su teléfono móvil, una pasión por las canciones de amor, mientras habla por WeChat con Ugyen, una madre soltera, ex Miss Bután, que trabaja en un bar nocturno en la ciudad de Thimphu.

La película se centra en el cruce de caminos de Peyangki: de la vida cotidiana del monasterio, con sus altares rodeados de centenares de velas, las discusiones entre monjes jóvenes y los reproches del maestro (“en lugar de estudiar, te pasas el día jugando con el móvil”) al pequeño grupo de amigos de Ugyen, que se plantean su futuro. Gracias a la cosecha de champiñones medicinales, el joven reunirá algo de dinero y viajará a Thimphu para encontrarse con Ugyen. Salas de juego, discotecas, calles ruidosas: el joven se sumerge en la modernidad y se olvida del hábito de monje. Pero, ¿se cumplirán sus deseos sentimentales? ¿Qué vida elegirá?

Sing Me A Song, encuadrada por el propio director con una bella dirección (con paisajes que dejan sin respiración) y una observación aguda de los matices de las miradas, mezcla un retrato encantador (que se esboza sin prisa) con el estudio de un país, como cualquier otro, donde la tecnología causa estragos hipnóticos en las generaciones jóvenes. Este punto de vista, ligeramente sobreguionizado pero muy bien acompañado por la música de Nicolas Rabaeus, evoca una especie de estado intermedio, como un bardo de la civilización para el microcosmos (el personaje principal) y el macrocosmos (Bután). Necesitamos volver a ver a Peyangki dentro de unos años para saber cómo sigue su evolución y la de su país.

Sing Me A Song ha sido producida por Francia (TBC con Arte France Cinéma), Alemania (Zero One Films), Suiza (Close Up Films con la RTS) y los Estados Unidos (Participant Media, que también gestiona las ventas internacionales).

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(Traducción del francés)

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