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SUNDANCE 2020 Competición World Cinema Dramatic

Crítica: Sin señas particulares

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- El primer largometraje de la mexicana Fernanda Valadez es una road movie bien dirigida sobre una madre que busca a su hijo desaparecido durante su viaje a Estados Unidos

Crítica: Sin señas particulares
Mercedes Hernández en Sin señas particulares

“Tal vez mi hijo está muerto, pero tengo que saberlo”. Las migraciones económicas clandestinas de México a Estados Unidos han sido objeto de varias películas, al igual que el clima de extrema violencia del sur de Río Grande. Pero en su primer largometraje, Sin señas particulares, estrenado en la sección World Cinema Dramatic del 36ª edición del Festival de Sundance, Fernanda Valadez opta por un ángulo bastante innovador a nivel humano que refleja la crisis que atravesaba el país a principios de la década de 2010. La película, que reconstruye la peregrinación estoica y obstinada de una madre que busca a su hijo desaparecido mientras se dirigía a cumplir el sueño americano con un amigo, consigue tratar con justicia, simplicidad y un pudor que evita los excesos melodramáticos el tema de las desapariciones y la omnipresencia del miedo en una sociedad mexicana bajo el yugo de los grupos armados.

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El guión, escrito por la directora Astrid Rondero, está bien pensado, ya que introduce con habilidad los personajes secundarios que se cruzan en el camino de la protagonista, Magdalena (Mercedes Hernández), una madre soltera de 48 años, que lleva una vida humilde en el estado de Guanajuato, en una pequeña casa rodeada por una parcela donde ve partir a su hijo Jesús (Juan Jesús Varela) y a su amigo Rigo, que pretenden llegar a Arizona. Un mes más tarde, sin noticias de los chicos tras una última llamada donde dijeron que se disponían a subirse a un autobús cerca de la frontera, las dos madres informan de su desaparición y unas fotos de los federales confirman la muerte de Rigo. Magdalena decide ir hasta el lugar de los hechos y se lanza a una odisea marcada por dos encuentros. El primero, en el centro de identificación de cadáveres, con la burguesa Olivia (Ana Laura Rodríguez), también madre de un desaparecido, que la convence de no renunciar a la búsqueda aunque todo indique que Jesús está muerto (se encontró su mochila entre otros cadáveres). Y el segundo, cuando Magdalena se dirige hacia una comunidad rural y se encuentra por casualidad con Miguel (David Illescas), que vuelve con su familia tras ser expulsado de Estados Unidos, donde vivió cuatro años…

Si analizamos la película al detalle, Sin señas particulares, mantiene en movimiento a su personaje principal, mientras avanza progresivamente (en un tempo muy controlado) hacia una naturaleza cada vez más salvaje, tanto física como metafóricamente. La película (que se beneficia de un buen trabajo de Claudia Becerril en la dirección de fotografía y de Clarice Jensen en la música) aparenta ser simple y un bonito retrato de una mujer de pueblo y madre a quien la cámara explora hasta el más mínimo gesto de su cara; pero, en realidad, esconde varias capas que le permiten abarcar su temática en todo su esplendor: deseos de migración y destellos de solidaridad que emergen en una atmósfera general de amenazas y secretos. Un vasto fuera de cámara que se materializa y que dice mucho de las fronteras del corazón humano y de las innegables cualidades de una directora a la que seguiremos de cerca.  

Sin señas particulares ha sido producida por las compañías mexicanas Corpulenta Producciones y Avanti Pictures, con Enaguas Cine y la española Nephilim Producciones. La sociedad francesa Alpha Violet gestiona sus derechos.

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(Traducción del francés)

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