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CINÉMA DU RÉEL 2020

Crítica: Makongo

por 

- Elvis Sabin Ngaïbino firma un documental inmersivo y conmovedor sobre un inquebrantable deseo de establecer una misión educativa a pesar de los numerosos obstáculos en una comunidad al margen

Crítica: Makongo

“La escuela es lo que nos reúne a pesar de las diferencias. Aunque me estigmaticen, siempre sigo mi camino”. En República Centroafricana, los pigmeos Aka sobreviven en la pobreza más absoluta, en campamentos improvisados, al margen de la sociedad, y junto al bosque profundo y exuberante. Cuando cae la noche, se cierne una oscuridad total, apenas salpicada por el destello del fuego. Sin embargo, dos adolescentes mantienen la fe en las virtudes de la educación; y Makongo [+lee también:
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, el primer largometraje de Elvis Sabin Ngaïbino, sigue su lucha perseverante y altruista. La película compite en la 42ª edición del Festival Cinéma du réel (que se celebra online hasta el 22 de marzo para el jurado y los miembros acreditados), tras haber participado en Final Cut in Venice.

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Cineuropa Survey 2020

Cuando André y Albert van al colegio,  empieza todo un periplo en el bosque, machete en mano: caminan con el lodo o el agua hasta la cintura y la mochila sobre la cabeza, beben de los charcos con la ayuda de una hoja, observan la vegetación para prever los medios de subsistencia, llegan a la carretera, alcanzan la civilización y asisten a clase para hacer un dictado (“se manifiesta en él el demonio de la escritura…los escritores clásicos como Voltaire o La Bruyère”). Pero los dos chicos (ya padres de bebés) están felices y orgullosos: André ha sido admitido en 1º y Albert pasa a 3º con la indulgencia del director, que los anima a ser un ejemplo para sus familias pigmeas, ya que los dos jóvenes son los únicos de su comunidad que van al colegio (“es vuestra culpa si la gente os desprecia, hay que ir limpio. El Estado os quiere recuperar, por eso tenéis que intentar estar con nosotros”). Un consejo que nuestros dos “héroes” seguirán al pie de la letra al empezar a dar clases de alfabetización a los niños de sus campamentos, con un cuadro negro sobre la espalda, fabricando las pizarras con los medios artesanales de la orilla y cosechando gnetum (una planta) para cambiarla por tiza. Pero ambos esperan con ansia la cosecha de orugas (las makongo del título) para ir a la capital, Bangui, y ganar dinero con su venta para inscribir a algunos niños en el “colegio de verdad”. Y aunque nada es fácil en un entorno meteorológico, económico y social tan complicado, los dos amigos continuarán su búsqueda con determinación, decididos a cumplir sus promesas.

Makongo, grabada con una bella solidez (sobre todo, algunos planos secuencia de peregrinación por el bosque), reconstruye de forma convincente los paisajes sonoros omnipresentes de la jungla, da a conocer a una comunidad cuasi autárquica (que comparte sus dramas y sus alegrías con el grupo) y sus vínculos con un mundo dominado por el dinero; pero también hace un retrato adorable de dos jóvenes mensajeros en acción, tan inocentes como astutos.

Makongo ha sido producida por el italiano Daniele Incalcaterra (con su sociedad argentina) en colaboración con la Alianza Francesa de Bangui y los Ateliers Varan.   

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(Traducción del francés)

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