Crítica: Wishbone
por Vittoria Scarpa
- En su nueva cinta, la griega Penny Panayotopoulou retrata con realismo y la poesía a una familia que resiste frente a una sociedad fragmentada y afectada por los fallos en el sistema sanitario

El wishbone (literalmente, “el hueso de los deseos”) es, según la definición de la enciclopedia Treccani, “el nombre que recibe popularmente la horquilla del esternón del pollo que dos personas suelen tirar simultáneamente, con la creencia de que quien se quede con el fragmento más largo verá cumplido uno de sus deseos”. Y deseos no faltan cuando se tiene tan poco, como ocurre en la película de la directora griega Penny Panayotopoulou, presentada en la 25.ª edición del Festival de Cine Europeo de Lecce, donde ha obtenido el premio a la mejor fotografía. Wishbone, proyectada como película de clausura de la competición internacional, supone una nueva variación sobre el tema de las dificultades de la vida cotidiana, presente en muchas de las películas europeas que han participado este año en el certamen. Sin embargo, la directora —entre cuyos trabajos anteriores destacan Hard Goodbyes: My Father y September— imprime aquí un enfoque marcadamente social, sacando a la luz las prácticas poco éticas de ciertos bufetes de abogados que se aprovechan de las dificultades económicas de las personas para fabricar falsos casos de negligencia médica con fines lucrativos.
Se trata de una película que podría haber firmado perfectamente Ken Loach, maestro del cine social británico, precisamente homenajeado este año en el Festival de Lecce con el Olivo de Oro a toda una carrera. La trama, inspirada en hechos reales y en experiencias personales de la propia directora, adopta el punto de vista de Kostas (el actor teatral Giannis Karampampas, en su primer papel protagonista en el cine), un joven que disfruta recorriendo las carreteras en moto con sus amigos, que está enamorado de su novia Stella (Efthalia Papacosta) y que trabaja como vigilante de seguridad en un hospital público, intentando ayudar siempre que puede e incluso yendo más allá de lo que le exige su puesto. Cuando su hermano fallece repentinamente, se ve obligado a hacerse cargo de su sobrina junto a su madre (Alexandra Sakelaropoulou), a pesar de contar con muy pocos recursos económicos, ya que la madre de la niña es incapaz incluso de cuidar de sí misma. Kostas se convierte de repente en el sostén de la familia y necesita dinero para conservar la casa en la que viven los tres. Por eso, cuando le proponen prestar falso testimonio contra una médica competente y entregada del hospital a cambio de una gran suma de dinero que solucionaría todos sus problemas, su conciencia comienza a tambalearse.
La película posee una estructura muy sencilla y avanza de forma lineal a lo largo de sus dos horas de duración, siguiendo a Kostas en su trabajo, en su relación intermitente con Stella, en su búsqueda desesperada de dinero y, sobre todo, en su vida familiar. Las escenas domésticas, especialmente las que transcurren en el comedor acristalado donde se pone la mesa —y donde juegan con el wishbone—, resultan cálidas y luminosas. La directora, que ha declarado haberse inspirado en el cine estadounidense de los años setenta para la iluminación y la atmósfera de la película, retrata con realismo y naturalidad la situación de una familia que resiste pese a todo, que encuentra consuelo y apoyo en sus propios vínculos en una sociedad fragmentada donde cada cual piensa únicamente en sí mismo y en su propia supervivencia. A ello añade pequeños toques de poesía —especialmente hermosos son los primeros planos de la niña— que aportan aire y esperanza a un retrato social de por sí muy duro y triste.
Wishbone es una coproducción entre Grecia, Francia, Alemania y Chipre, producida respectivamente por PP Productions, Manny Films, Pallas Film GmbH y Felony Film Productions, en asociación con la griega Asterisk*.
(Traducción del italiano)
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