Crítica: Strandzha
por Mariana Hristova
- El primer documental de Pepa Hristova quiere llevar a cabo un estudio sobre una pintoresca región montañosa en Bulgaria en donde se mezclan los antiguos rituales con las políticas actuales

Tras haber vivido durante 27 años fuera de su Bulgaria natal y haber forjado una identidad entre culturas y lugares, la veterana fotógrafa y debutante en el cine Pepa Hristova parece haber adoptado la mirada de una observadora distante: lo bastante curiosa como para descubrir peculiaridades que pasan desapercibidas a primera vista, pero también una transeúnte acostumbrada a fijarse en lo más llamativo y seguir su camino. Su primer largometraje, Strandzha, que acaba de celebrar su estreno mundial dentro de la sección Harbour del IFFR, compone un mosaico de escenas protagonizadas por lugares y personajes memorables, una naturaleza salvaje habitada por parias, forajidos y temerarios que bailan sobre las brasas: gente fronteriza en un territorio de frontera. La película deambula por diversos micromundos sin penetrar en ellos, retrata a personas y circunstancias sin implicarse de verdad y roza temas sin llegar a profundizar. Como una flâneuse con una cámara, Hristova vaga en busca de instantes fugaces que atrapen su atención y la del público para desvanecerse después rápidamente.
Si podemos hablar de narrativa, esta oscila entre la desaparición de un bosque en la montaña búlgara de Strandzha a causa de la tala ilegal, lamentada por un exsoldado; un sanatorio psiquiátrico para adultos abandonados que no tienen en quién apoyarse salvo en la institución, ya carcomida; los restos de un edificio destartalado frecuentado por jóvenes del lugar; y la frontera exterior de la UE entre Bulgaria y Turquía, marcada por una alta valla metálica que, sin embargo, los refugiados consiguen atravesar de alguna manera. Las historias, articuladas a partir de diálogos provocados o escuchados al vuelo, se perciben más como fragmentos que arañan la superficie del pasado y de las tradiciones locales sin aportar nunca claves de contexto, todo ello pese a la ambición de la película, expresada en la sinopsis, de "encarnar el trauma, la fuerza espiritual y la historia intemporal de un lugar que trasciende el tiempo y las fronteras". Quizá debido a la actitud de la cineasta, que demuestra más una curiosidad superficial que un verdadero afán por comprender, el acercamiento a las personas que entran en el campo de su cámara resulta éticamente cuestionable. Las mujeres del hospital psiquiátrico, disfrazadas de las ninfas del bosque, las samodivas, y los nestinari que caminan sobre el fuego quedan como detalles exotizados sin mayor aclaración. Mientras tanto, el exsoldado es sorprendido, o inducido, a admitir ante la cámara que mató a personas que cruzaban la frontera a cambio de permisos del ejército, antes de reaparecer borracho hacia el final de la película. Al exponer sus confesiones y circunstancias vulnerables de este modo, la cinta rompe una regla no escrita, pero crucial, del cine documental: una persona "caída" no debería ser exhibida sin más, ya que la dignidad de quienes se ponen delante de la cámara es sagrada y merece ser preservada hasta cierto punto.
Al margen de la hipnótica dimensión visual, con su verdor deslumbrante y sus vacas al atardecer, y del ritmo contemplativo capaz de adormecer la actividad cerebral, es inevitable preguntarse si de verdad necesitábamos otra película más sobre los márgenes de los Balcanes que no aporte ninguna mirada nueva y se limite a repetir patrones ya asentados. Strandzha está claramente concebida para espectadores poco familiarizados con la región, pero tampoco logra ilustrarlos, como si el propio equipo hubiera aprendido poco a lo largo del proceso, más allá de su investigación teórica previa sobre el lugar. El paraje permanece prácticamente anónimo, la película resulta insustancial y el público, indiferente.
Strandzha es una coproducción entre la alemana Fünferfilm y la búlgara Agitprop.
(Traducción del inglés)
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