Crítica: N121 – Bus de nuit
por Fabien Lemercier
- Morade Aïssaoui firma un intenso primer largometraje, que fusiona cine de género con mosaico de sociología contemporánea dentro de un autobús en el que todo se sale de madre

“El hecho de que estéis todos reunidos en este autobús es obra del destino”. El encuentro —o el choque— entre lo individual y lo colectivo es objeto de gran debate en las sociedades democráticas actuales, donde los deseos antagónicos, las divisiones y las tensiones no hacen más que aumentar, para bien o para mal. Es este tema —llevado a su punto de ebullición— el que aborda N121 – Bus de nuit, el prometedor primer largometraje de Morade Aïssaoui, que ha sido proyectado en la sección Perspectives du cinéma français del 26.º Arras Film Festival.
Sin embargo, dado que el cineasta no tenía la menor intención de aburrir al público con un desarrollo sociológico pontificador, opta por el vehículo del cine de género y por una espiral creciente de turbulencias que acorrala a sus personajes principales, en un clima que revela tanto todos los venenos ocultos que gangrenan la vida cotidiana de las clases populares (incivismo, egoísmo, racismo, xenofobia, búsqueda de un chivo expiatorio, envidia, ira interiorizada a punto de estallar, etc.) como el poder inesperado de la solidaridad.
La amistad y la vida en las afueras de París han sido factores unificadores en la infancia de los jóvenes Aïssa (Riadh Belaïche), bien encaminado hacia una carrera como futbolista profesional; Oscar (Bakary Diombera), que hace de niñero de un padre alcohólico y conflictivo desde la muerte de su madre; y Simon (Gaspard Gevin-Hié), cuyo hermano está en prisión. A la vuelta de una muy buena noche —aunque les niegan la entrada a una discoteca— por el Pont des Arts, el trío toma el autobús nocturno 121 para regresar a casa, pero todo se descontrola muy pronto a partir de una pequeña disputa provocada por un pasajero maleducado. El tono sube, el sarcástico Oscar interviene, se empiezan a suceder los insultos (“empieza por decirle a este salvaje que deje de meterse conmigo”) y se llega a las manos. El conductor envía una llamada de auxilio y aparece un arma, lo que desencadena un intento de intervención policial y un disparo que no hace sino empeorar la situación. Al tomar el control del autobús, nuestros tres amigos, presas del pánico (“esto va a acabar muy mal”, “nos toman por terroristas”, “nadie nos va a creer”), se adentran a toda velocidad en la noche con unos cuantos pasajeros y la policía pisándoles los talones…
“Lo único que queremos es bajar del autobús”. A base de elevar gradualmente el nivel de estrés ambiental a medida que continúa la huida errante del autobús, el director juega con gran naturalidad con las interacciones entre los pasajeros, cada uno de los cuales va revelando poco a poco los nudos y el sufrimiento interiorizado de su personalidad. Un rompecabezas humano a puerta cerrada que dibuja una sociedad cosmopolita al límite, cuya desunión y desconfianza agudas evolucionan al ritmo de peripecias trepidantes —casi en tiempo real—, hasta que se produce una toma de conciencia colectiva (“no hay ellos, no hay nosotros: estamos todos en el mismo barco, estamos juntos en esto”) justo cuando el peligro aumenta. Se trata de una cruda parábola de fractura y reconciliación social a 200 por hora, un golpe de dolor que Morade Aïssaoui envuelve con una música muy presente firmada por Paul Sabin, y que rompe de forma agradable —y con fuerza— con los temas habituales de los primeros largometrajes franceses, como un heredero moderno —salvando las distancias— de El odio, de Mathieu Kassovitz, y de Nosotros y yo, de Michel Gondry. Un cineasta de acción no exento de reflexión, cuya carrera seguiremos con curiosidad para ver qué rumbo toma.
N121 – Bus de nuit ha sido producida por Ripley Films y Cheyenne Federation, y coproducida por Wild Bunch (que distribuirá la película en los cines franceses el próximo 4 de febrero) y Umedia. Las ventas internacionales de la película corren a cargo de WTFilms.
(Traducción del francés)
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