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Crítica: Olivia y el terremoto invisible
por Alfonso Rivera
- El film de stop motion con el que ha debutado en la dirección de largometrajes Irene Iborra anima a utilizar la imaginación como arma infalible contra la cruel e injusta realidad

Nominada en las categorías de mejor película y cinta de animación en los próximos European Film Awards y en la de cinta de animación en los Premios Goya, Olivia y el terremoto invisible [+lee también:
entrevista: Irene Iborra
ficha de la película] supone el estreno en la dirección de largometrajes de Irene Iborra, cineasta curtida en el mundo del corto que se fascinó con el libro La película de la vida, de su amiga Maite Carranza, y decidió trasladarlo a la pantalla. El resultado se estrenó mundialmente en la última edición del Festival de Annecy (con premio de la Fundación Gan para la distribución), estuvo en Locarno, la Seminci y Gijón (entre otros festivales), y llegó a las salas españolas el 21 de noviembre con Filmax y lo hará a las francesas este 21 de enero con KMBO.
En este trasvase se narran las aventuras –o desventuras– de una familia formada por Ingrid, una actriz con poco trabajo y demasiados números rojos en su cuenta bancaria (a quien pone voz, en la versión española, la triple ganadora del Goya Emma Suárez) y sus dos hijos: la chavala del título, una chica inquieta, sensible y altamente empática que mira el mundo a través de la cámara de su teléfono móvil, como una cineasta en ciernes, y su hermano pequeño, Tim. Pero cuando la situación económica de su hogar se complica, Olivia intentará que el niño no sufra demasiado, inventándose que todo lo que sucede alrededor no es real, sino una ficción que forma parte de una película.
Es decir, el film esgrime el lema “¡la imaginación al poder!”, esa fabulosa arma ideal para escapar de los problemas y sobrellevar la vida. Lo malo es que, como le sucede a la protagonista, cargar sobre sus tiernos hombros con tanta responsabilidad ante temas dramáticos puede provocarle ansiedad, en este caso representada por ese terremoto invisible que abre grietas bajo sus pies y le hace caer en abismos donde conviven sueño y realidad.
De este modo, usando la técnica stop motion e interludios de imitación de sombras y arena, además de canciones optimistas, Iborra se atreve –como hacía la galardonada La vida de Calabacín [+lee también:
crítica
tráiler
entrevista: Claude Barras
ficha de la película]– a hablarle a los más pequeños de la casa con franqueza de temas delicados y serios como los desahucios y la depresión, pero sin caer en dramatismos y mirando siempre hacia las zonas de luz, esas que aportan unos personajes secundarios multirraciales que se acaban convirtiendo en la nueva familia de los protagonistas, porque con buena compañía los problemas se sobrellevan muchísimo mejor.
Olivia y el terremoto invisible es una producción de las compañías españolas Citoplasmas Stopmotion, Kinetic Armatures, Cornelius Films y Bígaro Films, junto a la francesa Vivement Lundi!, la belga Panique! Production, la suiza Nadasdy Film y la chilena Pájaro. De sus ventas internacionales se ocupa la compañía francesa Pyramide International.
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