Crítica: Brother
por Camillo De Marco
- La película de Maciej Sobieszczański sigue a una familia de la periferia polaca que lidia con sus propios problemas, pero sus ambiciones narrativas se ven lastradas por clichés

En un barrio obrero de la localidad polaca de Żyrardów encontramos a una familia que lidia con las dificultades del día a día. Tras el drama de posguerra The Reconciliation [+lee también:
tráiler
entrevista: Maciej Sobieszczański
ficha de la película], Maciej Sobieszczański se adentra en el realismo contemporáneo con Brother, presentada en competición en el Festival de Trieste tras sus éxitos en Varsovia (donde recibió el premio del Jurado Ecuménico) y en Cottbus. El guion, firmado por Grzegorz Puda, se centra en Dawid, un talentoso judoka de catorce años interpretado por el debutante Filip Wiłkomirski (campeón polaco júnior de judo en la vida real), y en su hermano de nueve años, Michał (Tytus Szymczuk), un pequeño gamberro que roba teléfonos y carteras sin un ápice de remordimiento. Su madre, Agnieszka (Agnieszka Grochowska), una enfermera que acaba sola tras el arresto de su marido (Jacek Braciak), lucha por mantener unida a la familia, confiando al hermano mayor el papel de “padre sustituto”.
La película es un retrato de estos dos hermanos, de su relación amorosa pero tempestuosa, y también aspira a ser un estudio de una familia polaca que oculta problemas profundos tras una aparente estabilidad. Dawid crece demasiado deprisa, repartiendo su tiempo entre el judo (una pasión que lo impulsa hacia un futuro mejor) y el cuidado de su hermano pequeño, fuente constante de preocupación. Su entrenador, Konrad (Julian Świewiczewski), un hombre autoritario y entregado, irrumpe en su vida familiar, brindándole a Dawid una oportunidad de redención y, al mismo tiempo, amenazando el frágil equilibrio doméstico. Cuando al protagonista se le presenta una oportunidad de emancipación, Michał cae en una espiral destructiva que lleva a todos al límite. Sobieszczański recurre a múltiples puntos de vista, juega con los primeros planos y desplaza el centro de gravedad entre Dawid, su madre exhausta y su hijo pequeño, a menudo ignorado.
Las interpretaciones de los jóvenes actores capturan la esencia de esa adolescencia precaria, bebiendo de los relatos iniciáticos europeos de los últimos años. La fotografía de Jolanta Dylewska sumerge al espectador en el crudo realismo de los barrios periféricos polacos, con sus interiores angostos y su iluminación fría, y en exteriores dominados por monótonos bloques de hormigón. Pese a un montaje confuso, las escenas sobre el tatami son dinámicas y amplifican la tensión emocional del relato. El Dawid de Wiłkomirski se encuentra dividido entre su deber como hijo y la persecución de sus propios sueños, y su presencia física evoca tanto la disciplina del juego limpio en el judo como una fragilidad emocional. Szymczuk, como Michał, es un tornado de rebeldía infantil capaz de pasar de las actividades ilegales a un estado de vulnerabilidad en cuestión de segundos. Grochowska ofrece una interpretación magistral como una mujer agotada por el peso de la responsabilidad. Sabe gritar, castigar y defender a sus hijos, y exhibe un amor visceral que solo se ve lastrado por los errores y el agotamiento.
Por desgracia, la ambición narrativa de la película se pierde entre incertidumbres y estereotipos. El guion resulta fragmentario: la relación entre la madre y el entrenador queda tan poco desarrollada que prácticamente desaparece, y el personaje de Agnieszka apenas está esbozado. Lo que podría haber sido un retrato creíble de una crisis doméstica se disuelve en una exploración estereotipada de familias disfuncionales, padres ausentes y sueños truncados. El judo funciona como metáfora eficaz (oponiendo la disciplina al caos y el talento como vía de escape), pero no basta para sostener la película. Sobieszczański observa pequeños rituales con empatía (las conversaciones de Dawid con su padre encarcelado a través del cristal son un verdadero hallazgo, al igual que la escena en la que defiende a su hermano de los matones), pero el potencial narrativo de la película nunca llega a desarrollarse del todo. Incluso la religión, un tema poderoso en la historia del cine polaco (basta pensar en la reciente The Altar Boys [+lee también:
crítica
entrevista: Piotr Domalewski
ficha de la película], de Piotr Domalewski), representada en los preparativos de la primera comunión de Michał, queda reducida a referencias prosaicas (el séptimo mandamiento) y a representaciones visuales simbólicas, como la reproducción de Andrea Mantegna del Lamento sobre Cristo muerto (que aparece en dos ocasiones) y la presencia de la iglesia de Nostra Signora della Consolazione, con las campanas repicando de fondo.
Brother es una coproducción entre Polonia y República Checa a cargo de Apple Film Production y Moloko Film.
(Traducción del italiano)
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