Crítica: White Lies
por Camillo De Marco
- El documental de Alba Zari examina tres generaciones de mujeres marcadas por el silencio y las decisiones con una indagación íntima en las dinámicas familiares destruidas por una secta

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tráiler
ficha de la película], la fotógrafa y diseñadora visual Alba Zari, nacida en el seno de la controvertida secta Children of God en Bangkok en 1987, ahonda en su pasado con la tenacidad de quien busca una identidad que le ha sido negada. De vuelta a la ciudad de Trieste, donde vive su familia, Alba descubre a los 25 años que la identidad de su padre biológico es un misterio. No es Johnny, la pareja de su madre Ivana en Tailandia, sino posiblemente un iraní y piloto de Emirates llamado Massad. A través de metraje antiguo, fotos amarillentas y conversaciones difíciles, el documental examina las vidas de tres generaciones de mujeres (la abuela Rosa, la madre Ivana y la propia Alba), marcadas por silencios, omisiones y decisiones extremas.
Compitiendo por el premio Corso Salani en el Festival de Trieste, tras haber cosechado ya cuatro galardones en el Festival dei Popoli y proyectado brevemente en la sección Bright Future del IFFR, la película está escrita y dirigida por la propia Zari, que presenta una investigación íntima sobre las dinámicas familiares destruidas por la secta fundada por el estadounidense Moses David. Rosa abandona a su marido y a sus hijos (Sonia y Andrea) para unirse a la secta hippy de los años setenta, atraída por una utopía del “amor libre” que resulta no ser otra cosa que prostitución religiosa. El llamado “flirty fishing” consistía en que las mujeres captaran a hombres para la secta mediante el proselitismo, usando el enfoque “ama a tu prójimo” como forma de coerción. De adolescente, Ivana sigue a su madre a Tailandia, Grecia, los Balcanes e India, esta última como misionera en un “ejército” preparado para el Apocalipsis. Alba, una “Jesus baby”, hereda un cierto vacío. “Ir al mar cada día, ser feliz, construir castillos de arena y zambullirme en las olas cristalinas”, recuerda de sus días en Tailandia, pero también dejar a Johnny, el hombre al que consideraba su padre, “por amor a Dios”.
El director de fotografía Matteo Tortone sigue a la directora y a sus seres queridos como un halcón. En las secuencias rodadas en Trieste es palpable el dolor asociado a su incapacidad para comunicarse. Atenuada por la medicación para la esquizofrenia paranoide, “causada por experiencias desestabilizadoras” en una vida “privada de dignidad humana”, Ivana repite “lo siento” mientras fuma sin parar. Alba insiste con delicadeza con sus preguntas. Su tío Andrea, cristiano ferviente y también fumador empedernido, revela diversos actos de abuso sufridos por Rosa a manos de su marido.
La abuela, de 76 años, vive ahora en Positano. Alba hojea fotos antiguas con ella y lee poemas escritos por la propia directora cuando era adolescente. Llegan las lágrimas y las excusas tardías. “Me equivoqué, ya he sido purificada de mi culpa”. Quien vea este documental se debatirá entre condenar a esta mujer, tras tantos años, o perdonarla por huir temerariamente de una familia patriarcal. En Navidad, los cuatro se reúnen y, tras la misa en la que el sacerdote celebra la importancia de la familia como vínculo “no negociable”, vuelven a enfrentarse en la mesa. Posteriormente, Alba vuela a Tailandia, donde se encuentra con el predicador Johnny, mera sombra de un padre, incapaz de “llenar el abismo”. En Trieste llega un final lleno de amor junto a su madre, Ivana. “Siempre la he querido, aunque me haya mentido durante 25 años”.
White Lies retrata un trauma intergeneracional sin sensacionalismo, empleando el arte de Zari como herramienta narrativa. La directora ya había explorado sus raíces utilizando los vídeos caseros de su familia y también ha trabajado cuestiones relativas al cuerpo femenino y la autopercepción. Imágenes manipuladas mediante siluetas recortadas y material de su infancia y de su vida actual, a menudo con el elemento del agua en primer plano, revelan rostros, miradas y cuerpos que hablan del “agujero negro” dejado por la ausencia del padre, comunicando dolor. Como explica la directora en una voz en off, su padre “no estaba entre las olas que rompían en las playas de Pattaya, no estaba en las caras de la gente que conocí ni en las historias que me contaban”. Alba no ha encontrado a su padre, pero ha comprendido que, más que por su ausencia, se define por su capacidad “de amar y de crear sentido donde antes no había nada”.
White Lies es una producción de la italiana Slingshot Films, en colaboración con la belga Agent Double.
(Traducción del italiano)
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