Crítica: Elena del ghetto
por Vittoria Scarpa
- La película de Stefano Casertano revisita la figura de Elena Di Porto, una valiente judía romana, partisana y feminista, aunque considerada "la loca" y por ello poco escuchada hasta ahora

El amanecer del 16 de octubre de 1943 marcó el inicio de la redada al gueto judío de Roma, durante la cual más de mil judíos romanos fueron subidos a camiones de las SS y enviados al campo de exterminio de Auschwitz. Unas horas antes, una mujer había gritado, advirtiéndoles a todos que huyeran porque los alemanes venían a buscarlos. Había recibido un chivatazo, pero nadie la creyó porque allí todos conocían a la mujer en cuestión, Elena Di Porto, como la loca del pueblo. Pero Elena no estaba loca en absoluto: era una rebelde, una antifascista acérrima y una luchadora valiente que podría haber salvado muchas vidas. Sin embargo, al final, al ver que nadie la tomaba en serio, ni siquiera se salvó a sí misma. Es de esta carrera desesperada por los callejones del gueto, de noche y bajo la lluvia, de donde parte la película de Stefano Casertano, Elena del ghetto. El largometraje, dedicado a este personaje histórico, se estrenará en los cines italianos el 29 de enero (una fecha muy próxima al Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto), de la mano de Adler Entertainment y tras su estreno en octubre en la sección Grand Public de la Fiesta del Cine de Roma.
¿Por qué nadie hizo caso a Elena? La explicación llega en forma de un salto temporal a cinco años atrás, en 1938, donde vemos a la protagonista, interpretada por Micaela Ramazzotti, recorriendo el gueto. Conoce a todo el mundo y todos la consideran excéntrica: lleva pantalones, bebe y fuma, juega al billar y le gusta el boxeo. Su madre es vendedora ambulante, su mejor amigo es trapero y su marido es un borracho al que Elena decide abandonar de un día para otro, llevándose consigo a sus dos hijos. Quien le ofrece un techo provisional, no sin cierto recelo, es su hermano Vitale (Valerio Aprea), junto a su esposa Costanza (Giulia Bevilacqua), una mujer prudente y cumplidora del deber que siente por Elena un afecto sincero, quizá incluso admiración por su espíritu libre.
Elena no soporta los abusos de poder, no sabe callarse y, si hay que golpear a un fascista, no se echa atrás, aunque ello implique pagar puntualmente las consecuencias (el manicomio, el confinamiento…). La película gira en torno a Elena y sus arrebatos, en distintas situaciones y contextos; todo resulta muy exaltado y enfático. Ramazzotti tuvo que aprender judeorromano (el antiguo dialecto hablado por los judíos de Roma) para ajustarse con la mayor precisión posible a la realidad del gueto, pero lo que debería ser un elemento de autenticidad acaba resultando extrañamente artificioso. La amistad entre Elena y la famosa actriz (Caterina De Angelis), para quien trabaja como criada y cuyo amante es un líder fascista que acaba arrepintiéndose (Giovanni Calcagno), es crucial, pero también resulta un poco forzada.
La de Elena Di Porto es una historia que merece la pena conocer, ya que se trata de una marginada capaz de ver lo que otros no veían; una Casandra moderna, fuerte y heroica, que defendió a los débiles y no mostró ningún temor. El director consultó documentos de los Archivos Estatales de Italia y habló con personas que conocieron el gueto para esta, su primera película de ficción, que deja al público con ganas de saber más. Un libro publicado recientemente, La matta di piazza Giudia, de Gaetano Petraglia, reconstruye la extraordinaria vida de Elena, a quien se le ha dedicado uno de los olivos del Giardino dei Giusti dell'Umanità de Roma.
Elena del ghetto ha sido producida por Titanus Production y Masi Film, en colaboración con M74, Sound Art 23, Titanus Spa y RAI Cinema. Las ventas internacionales de la película corren a cargo de Minerva Pictures.
(Traducción del italiano)
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