Crítica: A Light That Never Goes Out
por Jan Lumholdt
- La joya finlandesa de Lauri-Matti Parppei está repleta de humor impasible, ternura juguetona y sonidos musicales cacofónicos

A Light That Never Goes Out, de Lauri-Matti Parppei, tuvo su estreno mundial en la sección ACID del 78.º Festival de Cannes. Desde entonces, esta pequeña dramedia musical finlandesa ha ido ganando visibilidad, pasando por festivales en Bucarest, Reikiavik, Riga, São Paulo, Salónica y, la semana pasada, en Göteborg, como parte de la sección Nordic Lights, donde encaja a la perfección. Esta semana también llega a los cines franceses de la mano de Les Alchimistes.
Pauli Paavilainen (Samuel Kujala), un prodigio musical de veintinueve años, no atraviesa su mejor momento (ni siquiera en Helsinki, donde ha logrado hacerse un nombre como flautista de la filarmónica en uno de los grandes escenarios). Parece haber sufrido algún tipo de crisis nerviosa, pues lo encontramos rumbo a la casa de sus padres en su ciudad natal, Rauma, junto al golfo de Botnia, con la flauta en la mano y nada más. Tiene programada una actuación en la zona, pero en lugar de ensayar decide destrozar su preciado instrumento. Arrepentido al instante, acude a la tienda de instrumentos local, donde se topa con Iiris (Anna Rosaliina Kauno), su antigua compañera de clase, que tampoco rehúye tratar sus instrumentos con brutalidad, aunque de forma algo más creativa.
“Quiero hacer algo que nadie haya escuchado antes”, le dice en una fiesta a la que ha llevado a Pauli, pese a que ninguno de los dos estaba invitado. “Algo para lo que la humanidad no está preparada.” Así, Pauli e Iiris se convierten en compañeros de banda, utilizando sintetizadores vintage, guitarras distorsionadas y, de vez en cuando, una batidora eléctrica o incluso una percha. A veces, Pauli toca con los ojos vendados, mientras Iiris se inventa dogmas. Uno de ellos reza: “No somos una banda”. Sea como fuere, los amigos siguen tocando, amplían la formación e incluso se presentan en el concierto para el que habían contratado a Pauli, actuando justo después de un dúo de cuerda romántico. Pauli no ha traído su flauta… Por otro lado, a medida que pasa el tiempo, parece sentirse menos roto.
El encantador guion de Parppei está tan cargado de humor seco que podría recordar a la obra de Aki Kaurismäki, aunque también aporta una ternura de la que su ilustre compatriota suele mantenerse alejado. Si pensamos en otro compañero nórdico, el que más se acerca es Lukas Moodysson, especialmente en su vena más dulce, como la que aflora en We Are the Best! [+lee también:
crítica
tráiler
ficha de la película] (que también gira en torno a la música y al acto de tocar, a veces de manera menos bonita). Dicho esto, los conceptos musicales de la película son intrincados y cautivadores: auténtica vanguardia, por así decirlo, para fans de Captain Beefheart. Además, todos los que aparecen en pantalla tocan de verdad, sin playback.
A Light That Never Goes Out ya emergió como una auténtica joya en su estreno en Cannes, y quienes la vieron entonces llegaron incluso a incluirla en su lista de las diez mejores del año. Que la película siga viajando es un motivo de esperanza, sobre todo ante la posibilidad de que lleguen más obras de este joven autor finlandés, capaz de equilibrar luz y oscuridad, mostrar empatía hacia sus actores y demostrar que la extrañeza no le resulta ajena. Sin olvidar al pastor alemán azul que brilla en la oscuridad…
A Light That Never Goes Out es una producción de la finlandesa Made y la noruega Good Time Pictures. Sus ventas corren a cargo de Patra Spanou Film.
(Traducción del inglés)
¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete a nuestra newsletter y recibe más artículos como este directamente en tu email.

























