Crítica: Mi Amor
por Fabien Lemercier
- Guillaume Nicloux nos embarca en una pesadilla en las islas Canarias con una corrosiva película de género que hace gala de un estilo artístico muy potente y una extrañeza sin ataduras

“¿Estás preparada para vivir una experiencia inolvidable?”. Cuando la DJ parisina Romy, a punto de pinchar en una discoteca de Maspalomas, le hace esta pregunta retórica a su amiga Chloé, que la acompaña como turista, no es consciente de la precisa premonición que acaba de hacer. Porque es un auténtico descenso a los infiernos lo que se dibuja bajo el sol abrasador de la isla de Gran Canaria y ante la cámara del talentoso Guillaume Nicloux en su nueva película, Mi amor, estrenada a nivel mundial en la sección Limelight del 55.º IFFR. El cineasta francés, que se mueve en este tipo de zonas turbulentas como pez en el agua, se entrega en esta cinta con entusiasmo a un thriller venenoso, descabellado y magníficamente interpretado (en especial por Pom Klementieff y Benoît Magimel).
“Estoy tranquila, mi cuerpo está relajado, me siento bien”. Este mantra que Romy (Pom Klementieff), de treinta años, se repite interiormente antes de quedarse dormida no le impide, sin embargo, recurrir a los somníferos. Pero ahora es el momento de descansar en el hotel donde comparte habitación con su amiga Chloé (Freya Mavor), una chica guapa con un llamativo pelo rojo que necesitaba tomar aire tras una relación que no termina nunca de romperse con su insistente novio, Romain. Un folleto elegido al azar y un paseo a los pies del imponente Roque Nublo (una de las rocas más grandes del mundo, un monolito de basalto y antiguo lugar de culto de los indígenas guanches), baños en el mar, conversaciones distendidas junto a la piscina con desconocidos —algunos más excéntricos que otros, como una mujer que asegura que Hitler no murió y se ocultó en la zona antes de huir a Brasil—, bailes en bares —aunque Romy no bebe—… Todo va de maravilla hasta el concierto de Romy en El Caserío. Chloé, que había anunciado que quería ligarse a un tío, desaparece. Al día siguiente, Romy empieza a inquietarse y se lanza a buscarla, con la ayuda de Vincent (Benoît Magimel), dueño de la discoteca y muy conocedor de los entresijos del turbio mundo local. Pero entre contratiempos y el descubrimiento de lugares extraños, la situación no hará más que empeorar…
Al sumergirse en la oscuridad más profunda (robo de pasaporte, cocodrilos, serpientes y loros, una cabra ensangrentada como advertencia, matones locales disputándose el negocio de las discotecas, una atmósfera de ilegalidad tolerada a todos los niveles, supuestos lugares mágicos —un cañón—, una morgue…), la película retrata una colonia de vampiros a plena luz del día, un mundo de semifantasmas que se desarrolla a lo largo de una investigación al estilo policial (con pistas falsas, vigilancias e intuición) llevada a cabo durante varios días por dos protagonistas a las que la vida les ha pasado por encima y que están en proceso de conocerse. Al apostar por la atmósfera (con una música omnipresente y fantástica de Irène Drésel y Sizo Del Givry) frente al hiperrealismo, Guillaume Nicloux ofrece una obra maléficamente cautivadora y sombríamente traviesa, que juega con los códigos del género con una perversidad contenida hasta desembocar en el apocalíptico final de la película.
Mi amor (un título inspirado en la camiseta de un traficante, en la que aparecían estas palabras junto con una calavera) ha sido producida por Les Films du Kiosque. Le Pacte, que estrenará la película en Francia el 6 de mayo, se encarga de las ventas internacionales.
(Traducción del francés)
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