Crítica serie: Motorvalley
por Vittoria Scarpa
- La primera serie italiana de acción sobre el mundo del motor, creada por Matteo Rovere para Netflix, es una mezcla de espectáculo visual, drama familiar, coming-of-age y búsqueda de redención

En 2016, Matteo Rovere dirigió una película que catapultó la carrera de Matilda De Angelis, le valió a Stefano Accorsi un David di Donatello y supuso una excelente incursión del cine italiano en el hasta entonces poco explorado género de las carreras de motor. Ahora, diez años después de Veloz como el viento [+lee también:
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ficha de la película], el director y productor romano vuelve a la carga con Motorvalley, una serie de Netflix que se estrenará en la plataforma el 10 de febrero y está dirigida por Rovere junto a Pippo Mezzapesa y Lyda Patitucci. La serie gira en torno a ese mismo mundo a lo largo de seis episodios, de modo que, aunque cambia y añade bastantes elementos con respecto a la película, el motor que la impulsa es el mismo espíritu de venganza.
En esta ocasión, los protagonistas son tres apasionados del mundo del motor que buscan la redención por razones distintas y unen fuerzas con el objetivo de subir al podio del Campeonato GT, cumplir sus sueños de gloria y, de paso, saldar algunas deudas. La trama, escrita por Rovere junto con Francesca Manieri, Gianluca Bernardini, Michela Straniero y Erika Z. Galli, comienza con el “desliz” de Elena (Giulia Michelini), la heredera del prestigioso equipo Dionisi, que para asegurar la victoria de su equipo recurre a medios poco lícitos y acaba siendo descubierta y descalificada, provocando además la muerte de su querido padre. Un año después, la descalificación de Elena ha expirado y ella está lista para recuperar lo que es suyo, llegando incluso a competir con su hermano, que ha tomado las riendas del equipo familiar.
Para lograrlo, Elena debe formar un nuevo equipo. Así, contrata como piloto a Blu (Caterina Forza), una joven con un enorme talento para los coches —y para las carreras clandestinas—, y como entrenador a Arturo (Luca Argentero), un expiloto que se retiró tras provocar un trágico accidente. “Un fracasado al borde del abismo” y “un exconvicto fuera de control” son las etiquetas que sus detractores no tardan en colgarles, pero la determinación de Elena Dionisi es de hierro y, entre mil obstáculos, conflictos y trapos sucios, los tres consiguen aunar fuerzas en torno a un objetivo común: la copa del Campeonato Italiano Gran Turismo. Y es que, como reza el mantra de la serie, “un campeón nace cuando alguien cree en él”.
Motorvalley, cuyo rodaje se ha llevado a cabo en el auténtico entorno del Motor Valley de Emilia-Romaña, donde se forjaron los grandes campeones italianos del automovilismo y el motociclismo, transmite la adrenalina, la pasión desbordada y una buena dosis de locura que caracterizan el mundo de las carreras a 300 por hora. Combina la acción automovilística —con espectaculares secuencias de persecuciones urbanas, ya que no todo sucede en el circuito— con el drama familiar, el paso a la adultez y un sustrato criminal que, entre apuestas, robos y diversas actividades ilícitas, se entrelaza de múltiples maneras con las vicisitudes del paddock. Se trata de una serie ambiciosa desde el punto de vista de la producción, cuyo desarrollo inicial podría parecer previsible, pero que poco a poco se enriquece con nuevas capas y giros inesperados, y a la que se le perdonan ciertos excesos o inverosimilitudes en favor de un sólido producto de entretenimiento para un público principalmente formado por jóvenes adultos, rematado además con un potente gancho final que apunta a una segunda temporada.
Motorvalley es una producción de Matteo Rovere para Groenlandia (del grupo Banijay).
(Traducción del italiano)
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