BERLINALE 2026 Berlinale Special
Crítica: The Blood Countess
por Susanne Gottlieb
- BERLINALE 2026: Ulrike Ottinger devuelve a la vida a la legendaria condesa sanguinaria Elizabeth Báthory un relato con toques de comedia negra ambientado en la Viena contemporánea

“La muerte debe de ser vienesa” es un proverbio austríaco. Morir y la muerte están omnipresentes en la cultura de la ciudad; en la prosa y en la canción, la muerte aparece como una vieja amiga. Esta tradición macabra convive cómodamente con las huellas sanguinarias, vampíricas y devoradoras de un imperio antaño todopoderoso. En The Blood Countess, de Ulrike Ottinger, que se ha estrenado a nivel mundial en la sección Berlinale Special de la 76.ª edición de la Berlinale, la ciudad se convierte en el escenario de resurrección de la antigua élite. La muerte es, como reza la cita, “un eterno retorno”.
Los escenarios son igualmente morbosos: un lago subterráneo donde los nazis construían aviones de combate; el propio corazón de la ciudad, edificado sobre la cripta de los corazones, con los huesos y órganos de los Habsburgo; el Monte de los Héroes, monumento a los belicistas y generales del imperio, a una hora de los límites urbanos, el Heldenberg.
Ottinger juega visualmente con los grises de la ciudad y sus frías simetrías contemporáneas, entrelazándolos con imágenes suaves, anacrónicas y estereotipadas de una Viena de otros tiempos que, a su vez, se muestran salpicadas de manchas de color rojo. En el centro de todo se encuentra Isabelle Huppert en el papel de Erzsébet Báthory. Huppert, que dos décadas antes apareció en La pianista [+lee también:
tráiler
ficha de la película], se reencuentra no solo con el sórdido código moral de la ciudad, sino también con la escritora Elfriede Jelinek, que ha contribuido a los diálogos.
Su condesa está inspirada en la auténtica noble húngara del siglo XVII Elizabeth Báthory, estrechamente asociada a la mitología vampírica por los supuestos baños en sangre de jóvenes con los que habría intentado preservar su juventud. Su imagen de aristócrata recluida que se aprovecha de los más vulnerables contribuyó a desplazar el folclore vampírico desde la superstición campesina hacia la figura del depredador noble y seductor que aparecería después en la literatura gótica, influyendo en el arquetipo moderno del vampiro.
Las luchas de poder y el rango nobiliario sostienen también la misión de la condesa, que regresa a la ciudad para darse un festín y buscar un libro que, según se dice, transforma a los vampiros en simples mortales. Su presencia inquieta a quienes la rodean. Pero en Austria no se cuestionan las jerarquías ni las tradiciones, ya que lo que se hace es mirar hacia otro lado. El director del hotel se inclina ante ella, aunque respira aliviado cuando se marcha. “Una gran señora”, murmura la encargada de los aseos, mientras sangre y destrucción esperan en el cubículo donde ha mordido a alguien. Ni siquiera su sobrino vampiro vegetariano, Rudi Bubi Baron von Strudl zu Buchtelau (Thomas Schubert), logra convencer a su terapeuta (Lars Eidinger) de que el peligro acecha.
Pero Ottinger no se sumerge solemnemente en una crítica de clase. Más bien reflexiona sobre los principios de la cultura conmemorativa y sobre cómo su lógica autojustificativa se convierte en una herramienta para preservar el poder. Son quienes son recordados —quienes permanecen “no muertos”— los que moldean el relato de la autoridad. “¿Qué quedará de nosotros si no erigimos un monumento a nosotros mismos?”, pregunta un general muerto a Elizabeth en la cripta. Un libro capaz de hacerte desaparecer se convierte en una amenaza. “Entonces sería el fin para nosotros”, observa indignada la criada vampira Hermine (Birgit Minichmayr).
“Vivimos en el pasado. Es cómodo porque es previsible” parece ser el lema del statu quo. Pero a veces, como muestra la película, lo viejo solo necesita presentarse con un rostro nuevo para legitimar su dominio continuo y vampírico sobre la población.
The Blood Countess ha sido producida por Amour Fou Vienna y Amour Fou Luxembourg, junto con la alemana Heimatfilm, en coproducción con la alemana Ulrike Ottinger Filmproduktion. Las ventas internacionales de la película corren a cargo de la estadounidense MAGNIFY.
(Traducción del inglés)
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