Crítica: Lust
por Mariana Hristova
- BERLINALE 2026: El segundo largometraje de la cineasta búlgara Ralitza Petrova emprende una búsqueda espiritual, impulsada por la pérdida y favorecida por un regreso a casa

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tráiler
entrevista: Ralitza Petrova
ficha de la película], su ópera prima, que se alzó con el Leopardo de Oro en Locarno en 2016, la cineasta búlgara Ralitza Petrova vuelve a explorar las profundidades de la fragilidad humana y las posibilidades de elevación espiritual en su segundo largometraje, Lust [+lee también:
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ficha de la película], presentado en la sección Forum de la Berlinale. Teniendo en cuenta la teoría de Freud, que considera la figura paterna una proyección de Dios (aunque no necesariamente en el sentido religioso), Lust puede interpretarse fácilmente como una continuación de esa búsqueda de lo divino, que refuerza los vínculos tanto con el mundo que nos rodea como con el propio yo interior.
La relación paternofilial en Lust es solo figurativa, puesto que él está muerto y ella, la protagonista de la película, Lilian (Snejanka Mihaylova), solo lo ha visto una vez en su vida. La mujer llega a su Bulgaria natal desde el otro lado del océano para ocuparse de sus restos mortales y de lo que podría haber sido una herencia, pero en realidad Lilian se encuentra cargando con sus deudas, de las que está decidida a deshacerse cuanto antes. Sin embargo, el hecho de hurgar en los sórdidos secretos de su progenitor acaba obligándola a enfrentarse a sí misma. Algo similar ocurre con su destartalado piso en la melancólica patria que abandonó, un país del que quizá huyó para escapar de sus propios traumas, anestesiándolos a través de las heridas más profundas de otros mientras trabaja como psicóloga en una prisión para delincuentes peligrosos. Casi de forma imperceptible, sus acciones también adquieren un cariz figurado, desplazando lo que ocurre en pantalla de lo material a lo metafísico.
Aunque adopta la forma de un regreso físico al hogar, Lust es más bien un viaje hacia el interior, lo que explica su potente simbolismo y su sensible fotografía, manejada con fluidez por el director de fotografía Julian Atanassov. Su cámara capta de forma intuitiva las fluctuaciones internas del estado de ánimo de Lilian, pero también atrapa la textura efímera de vacíos emocionales que quizá nunca lleguen a llenarse. La óptica registra la frialdad con la que habita el espacio y, al mismo tiempo, su presencia huérfana en unos interiores sin vida y deslucidos (una prisión estadounidense, un hotel en Sofía y la casa desierta de su padre). Sus actos, guiados por una lógica no inmediatamente aprehensible, quedan enmarcados por la catártica Pasión según San Mateo de Bach al principio y al final, entrelazada con la imagen recurrente de una serpiente (símbolo ancestral de la sexualidad) que aparece tanto en la realidad como en los sueños, recordatorio del deseo reprimido. Todo culmina en una sesión de shibari bondage, presentada más como terapia que como erotismo. Al haber perdido Lilian la capacidad de rezar, como la mayoría de las personas modernas, una práctica arraigada en una antigua técnica de tortura samurái se revela más útil para devolverla a su cuerpo y a su sentido del yo que los vanos intentos de alcanzar a un Dios cuya esencia hace tiempo que olvidó, o de extinguir la clamorosa ausencia de la figura paterna que aún sigue resonando.
El shibari suena exótico, tanto en términos sexuales como estéticos, y es muy posible que el público y los futuros programadores de festivales se sientan atraídos por Lust no por su dimensión espiritual, sino por aquello que pone en cuestión: el placer instantáneo y el impulso del propio deseo. Sin embargo, la película de Petrova es más bien una invitación a encontrarse con algo más etéreo, un anhelo de conectar y de establecer un vínculo con un mundo líquido, así como con unos orígenes e identidades difusos, y también a abrazar esa soledad visceral en la que todos nacemos. Esa soledad, por lo demás, se filtra a lo largo de la película, congelando todo aquello con lo que entra en contacto.
Lust es una producción de las búlgaras Aporia Filmworks y Screening Emotions, coproducida por las suecas Film i Väst y Silver Films, junto a la danesa Snowglobe. Sus ventas internacionales corren a cargo de Inwave Films.
(Traducción del inglés)
Galería de fotos 16/02/2026: Berlinale 2026 - Lust
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© 2026 Dario Caruso for Cineuropa - dario-caruso.fr, @studio.photo.dar, Dario Caruso
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