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PELÍCULAS / CRÍTICAS

Crítica: Queen at Sea

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- BERLINALE 2026: El cineasta estadounidense Lance Hammer regresa tras 18 años con un drama sobre la demencia profundamente emotivo y que invita a la reflexión, protagonizado por Juliette Binoche

Crítica: Queen at Sea
Juliette Binoche y Tom Courtenay en Queen at Sea

El notable debut del cineasta estadounidense Lance Hammer, Ballast, se estrenó en 2008 y le llevó a alzarse con el premio a la mejor dirección en Sundance y presentar su película en la competición oficial de la Berlinale. Ahora regresa a la misma sección del certamen alemán con su segundo largometraje, Queen at Sea [+lee también:
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, un drama complejo, estimulante y profundamente emotivo sobre la demencia y sus consecuencias, tanto para quienes la padecen como, sobre todo, para quienes los cuidan.

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En Londres, Amanda (Juliette Binoche, con la misma entrega de siempre y los matices que tanto la caracterizan) y su hija adolescente Sara (Florence Hunt, conocida por Los Bridgerton, excelente en un papel más importante de lo que podría parecer en un principio) sorprenden a la anciana madre de Amanda, Leslie (Anna Calder-Marshall, vista por última vez en la gran pantalla en Sweet Sue [+lee también:
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, de Leo Leigh), y a su marido desde hace 18 años, Martin (el respetado actor teatral Tom Courtenay, que saltó a la fama en 1962 con la icónica La soledad del corredor de fondo), manteniendo relaciones sexuales.

Amanda queda conmocionada, pero no por lo incómodo de la escena en sí. Leslie padece demencia, y a su hija le preocupa su capacidad para dar consentimiento, así que llama a la policía. La maquinaria se pone en marcha y el “incidente” se trata como un delito: especialistas forenses con trajes de protección embalan las sábanas, Leslie es sometida a un tenso examen médico y Martin es detenido temporalmente.

Martin, en pleno uso de sus facultades mentales, sostiene que muchos psicólogos, en contra de la opinión del médico de cabecera de Leslie, defienden que la intimidad física es beneficiosa para los pacientes con demencia. No hay duda del afecto y la cercanía de la pareja, y especialmente de la dedicación de Martin, y prueba de ello son sus paseos diarios, las comidas compartidas y la paciencia con la que la trata. Sin embargo, Amanda y una trabajadora social deciden que lo mejor es ingresar a Leslie temporalmente en una residencia como prueba, sobre todo teniendo en cuenta que el dormitorio del matrimonio está en la segunda planta y las escaleras son bastante empinadas. Martin protesta, pero acaba aceptándolo a regañadientes.

El rellano entre las plantas se convierte en la encrucijada física y emocional de la situación, y el director de fotografía Adolpho Veloso encuadra a los personajes en los márgenes, con demasiado —o demasiado poco— espacio a su alrededor, acentuando la sensación de desorientación. Es una especie de terra incognita: ¿cómo encontrar el equilibrio entre proteger a una persona vulnerable y privarla de su autonomía, si no puede comunicar sus necesidades?

La comunicación es uno de los temas clave, también reflejado en la incipiente relación de Sara con un chico y en la forma en que los adolescentes gestionan este tipo de experiencias. Los cambios de foco en los primeros planos íntimos durante las escenas dialogadas, junto con la imagen luminosa de colores desvaídos y un cielo constantemente gris de fondo, subrayan las interpretaciones llenas de matices y la desgarradora interacción entre Calder-Marshall y Courtenay, compañeros de escena desde una producción teatral de Hamlet en los años sesenta.

El propio montaje de Hammer es fundamental en la representación de la demencia: una fracción de segundo de más o de menos en la mirada desorientada de la actriz o en el mentón tembloroso del actor puede marcar la diferencia entre el realismo y el sentimentalismo. La dolorosamente austera partitura para piano y cuerdas también se mueve dentro de ese delicado equilibrio, y tanto las lágrimas como el distanciamiento defensivo son respuestas emocionales igualmente válidas por parte del público. Pero son las cuestiones éticas que plantea la película las que, en realidad, resultan más pertinentes.

Queen at Sea es una coproducción entre la británica The Bureau y la estadounidense Alluvial Film Company, con sede en Los Ángeles. Las ventas internacionales de la película corren a cargo de The Match Factory.

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(Traducción del inglés)

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