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BERLINALE 2026 Panorama

Crítica: Paradise

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- BERLINALE 2026: Una historia intercontinental que conecta personajes de Canadá y Ghana vertebra el ambicioso, aunque irregular, primer largometraje de Jérémy Comte

Crítica: Paradise
Daniel Atsu Hukporti en Paradise

Cuando la vida se define más por la ausencia que por la presencia, es fácil perseguir sombras y fantasmagorías en lugar de algo real y tangible, y acabar quizá con las manos vacías. Al menos ese parece ser el planteamiento general de Paradise [+lee también:
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ficha de la película
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, la ópera prima de Jérémy Comte, presentada en la sección Panorama de la Berlinale. El director, que pasó casi una década preparando la película, conecta a personajes de Canadá y Ghana mediante una línea argumental que por momentos resulta demasiado calculada. Lo que le falta en términos de trama lo compensa con intenciones sinceras: Comte no juzga ni a sus protagonistas ni a las culturas de las que proceden. Sin embargo, esa simetría también tiene sus escollos, porque cuando se habla de las necesidades humanas en términos generales, el retrato psicológico y emocional que emerge resulta igualmente genérico, sin una voz autoral fuerte que lo guíe.

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La historia comienza una noche en la costa ghanesa: la oscuridad está teñida de un azul estilizado, la niebla adquiere un aire místico y una araña que camina por la playa anuncia el peligro. Tras perder a su padre pescador en el mar, el adolescente Kojo (Daniel Atsu Hukporti) se une a un grupo ilegal para ganarse la vida. No vende drogas ni armas, pero su ocupación, que se revela más adelante, tampoco es precisamente inofensiva. Al otro lado del Atlántico, otro chico sin padre, Tony (Joey Boivin Desmeules), está a punto de ver su vida trastocada. Se marcha con su madre soltera, Chantal (Evelyne de la Chenelière), que mantiene una relación a distancia con un misterioso capitán de barco. Tony supone, o más bien desea, que se trata de su padre, al que nunca ha conocido. Pronto queda claro qué conecta a esta constelación de personajes y que todos comparten la misma necesidad de estabilidad y de vínculo, más allá de sus circunstancias socioeconómicas. La imagen estereotipada inicial (según la cual la gente de los países en desarrollo necesita sobre todo dinero, mientras que quienes proceden de contextos privilegiados buscan amor) acaba subvirtiéndose al final.

Comte materializa sus intenciones con solvencia, combinando escenas dinámicas de las bulliciosas calles de Acra con observaciones más pausadas de los personajes, a los que define a través de la música que escuchan, la forma en que se mueven dentro del encuadre y su relación con los demás. Tanto Kojo como Tony se esfuerzan por alcanzar la mayor autonomía posible, aunque a menudo su juventud y su falta de previsión se convierten en sus peores adversarios. Otra de las virtudes de Comte es su capacidad para crear escenas sugerentes y estilizadas de las noches de Ghana y de los rituales con un sacerdote, aunque a veces transmitan cierta sensación de déjà vu (como si no se pudiera representar África sin añadir un toque de exotización).

Lo que no queda tan claro en la película es su base filosófica: ni Comte ni su coguionista, Will Niava, parecen decidir qué determina en última instancia el destino humano, si las elecciones individuales, la sociedad en la que uno vive o una fuerza misteriosa que aquí adopta la forma del océano, el fuego y el viento. Con todo, nada es posible sin motivación ni ambición, y el camino hacia Paradise estuvo claramente pavimentado por ambas.

Paradise es una coproducción entre Canadá, Francia y Ghana. La película ha sido producida por Entract Studios, Ema Films, Constellation Productions, ARTE France Cinéma e I60 Productions. La alemana Global Constellation gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del inglés)

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