Crítica: Joan of Arc
por Olivia Popp
- El islandés Hlynur Pálmason despliega algo más de una hora de magia visual lúdica en esta película complementaria de El amor que permanece

Asistimos a la riqueza de las cuatro estaciones de Islandia en la última propuesta de Hlynur Pálmason (Godland), Joan of Arc, una obra que trasciende la mayoría de las descripciones que se han escrito sobre ella. El director empezó a rodar Joan of Arc dos años antes de iniciar El amor que permanece (presentada en Cannes), construyendo una pequeña caseta resistente a la intemperie (situada justo fuera de su casa) en la que colocar su cámara, lo que le permite mantener el objetivo perfectamente inmóvil, enfocado en el devenir de las estaciones y los embates del viento. Sin embargo, Joan of Arc dista mucho de ser estática, por la forma en que el director juega con las capas de color, luz y sonido que impregnan el paisaje islandés.
La película tuvo su estreno mundial en San Sebastián el año pasado, junto a una instalación con trabajos fotográficos y escultóricos de Pálmason, que también figura en El amor que permanece. Considerada una película complementaria de esta obra más conocida, Joan of Arc celebró su estreno islandés en el Stockfish Film & Industry Festival con la presencia del director (que también firma el guion y ejerce como director de fotografía), quien participó después en un animado coloquio.
Joan of Arc arranca con momentos de juego y de luchas fingidas entre sus dos hijos, Grímur Hlynsson y Þorgils Hlynsson, a los que más tarde se suma su hija, Ída Mekkín Hlynsdóttir. Su actividad se abstrae de cualquier contexto externo, aunque la película sea lineal; el espectador sigue el proceso de construcción de la escultura, a la que dan el nombre de la figura titular, hasta el momento de su destrucción. La leve repetición de la película al mostrar a personas disparando flechas contra la Juana de Arco ya terminada se vuelve cada vez más humorística (el público islandés presente en el pase no paró de reír, como si se tratara de una comedia en toda regla, claramente atento a matices más sutiles del diálogo), pero la comedia nunca se impone por el mero afán de aportar variedad.
Una interpretación envolvente con sintetizador del célebre tema para piano de Claude Debussy, “Clair de Lune”, se convierte desde el inicio en el eje musical de la película, que nos hipnotiza de inmediato con la cualidad etérea (aunque no sentimental) del escenario, que contrasta con la aparente banalidad del juego infantil. Pálmason utiliza la cámara para seccionar el encuadre en una serie natural de tercios horizontales (primer término, plano medio y fondo), que puede “manipular” mediante elementos ambientales para crear escenarios de enorme dinamismo. Con brumas errantes que ocultan las montañas, perturbaciones del sonido, cambios de luz y precipitaciones variables, el cineasta islandés baraja las estaciones como un mazo de naipes, creando un conjunto de imágenes absolutamente únicas.
Cuando los pájaros entran en el encuadre, empiezan a alterar aún más la experiencia de visionado (al percibir otros seres vivos cruzando el plano), y cuando los niños pasan del primer plano cubierto de hierba al hielo congelado, es como si atravesaran una barrera tácita, sacando al espectador de su ensoñación. Estos cambios minúsculos provocan tanta sorpresa que transforman por completo la forma en que vemos la película. Pálmason demuestra un dominio inventivo del montaje y la puesta en escena, de manera que la cámara ni siquiera necesita moverse y, aun así, la obra se revela como una de las películas con una fotografía más reflexiva del último año.
Joan of Arc es una producción de Still Vivid (Islandia) y Snowglobe (Dinamarca), coproducida por Maneki Films (Francia). New Europe Film Sales gestiona sus ventas internacionales.
(Traducción del inglés)
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