Crítica: Juste une illusion
por Fabien Lemercier
- Olivier Nakache y Éric Toledano firman una comedia familiar retro, sencilla, tierna y muy dinámica centrada en un joven adolescente en los años 80

“Dejo atrás la infancia para entrar en la adultez”. La búsqueda de nuestro lugar en el mundo es el tema en torno al que gira Juste une illusion, de los reyes franceses de la taquilla Olivier Nakache y Éric Toledano (Intocable, Le sens de la fête; con 31 millones de espectadores en Francia y 37 millones en el resto del mundo en ocho películas), que siempre han logrado combinar el gusto popular con la calidad artística (nominación al Globo de Oro a la mejor película extranjera en 2013, y en la competición oficial de San Sebastián en 2017) con un espíritu benevolente y ecuménico, tejido sobre el hilo de la comedia social con una dimensión humana.
Su nueva obra, una historia de paso a la adultez con trasfondo de retrato familiar impulsada por éxitos de los años 80 y estrenada en cines de la mano de Gaumont el 15 de abril, no es una excepción. Sin embargo, por primera vez, los cineastas se sumergen en el pasado, destilando un indescriptible aroma de nostalgia por una época más “inocente” en la que, aunque la crisis económica y el reinado de una competitividad cada vez mayor ya asomaban la cabeza, el auge de las radios libres, el antirracismo y la reconciliación entre Francia y Alemania cimentaban las esperanzas.
“—¿Qué somos? ¿Franceses? ¿Judíos? ¿Africanos? —Un poco de todo a la vez”. Con casi 13 años, Vincent (Simon Boublil), el menor de una familia de clase media originaria del sur de la cuenca mediterránea que vive en 1985 en un edificio de viviendas sociales de un tranquilo barrio periférico de París, comienza a hacerse preguntas, a abrir los ojos y a soñar: tener su propia habitación, que Anne-Karine (Jeanne Lamartine), por quien late su corazón, lo tome en serio, conseguir la chaqueta de moda que cuesta una fortuna, hacer de las suyas en el videoclub con su pandilla de amigos para alquilar una película porno, etc. Pero, sobre todo, descubre que su padre Yves (Louis Garrel), ejecutivo desde hace unos quince años, oculta que está en paro, mientras que su madre Sandrine (Camille Cottin) comienza una formación en informática para ascender profesionalmente desde su puesto de asistente. Todo ello bajo la mirada burlona del hijo mayor, Arnaud (Alexis Rosenstiehl), que vive por y para la música, y con las visitas habituales del conserje del edificio (Pierre Lottin), que instala y repara todo lo que Yves no sabe hacer con sus propias manos.
Al asumir plenamente la dimensión teatral de los personajes y la trama, el dúo de directores lleva al máximo los recursos musicales (The Pointer Sisters, Francis Cabrel, Imagination, la New Wave, etc.) y el “valor de producción” para envolver, a modo de recopilatorio, una historia deliberadamente sencilla, haciendo resonar sentimientos casi líricos (referencias directas a Un hombre y una mujer, de Claude Lelouch) y situaciones burlescas de la vida cotidiana al estilo de la comedia italiana (La escapada, de Dino Risi). Todo ello conforma un ambiente agradable y entrañable (llevado a cabo por intérpretes muy sólidos), que se ve reforzado por una juventud del protagonista principal que no impide que la película ofrezca, a pequeños trazos, una relectura de la historia (a través de una recreación alimentada por recuerdos radiofónicos y televisivos) y proponga una receta de tolerancia para superar las pequeñas pruebas de la vida y unir con buen humor a los franceses de todas las culturas.
Juste une illusion ha sido producida por Quad y Ten Cinema, y coproducida por Gaumont (que se encarga de las ventas internacionales) y por TF1 Films Production.
(Traducción del francés)
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