Crítica: Heat
por Muriel Del Don
- Jacqueline Zünd pone en escena, con una mirada a la vez clínica y poética, las consecuencias de los cambios climáticos que sacuden en lo más hondo

Tras haber abordado en su primer largometraje de ficción Don’t Let the Sun, presentado el año pasado en la sección Cineastas del Presente de Locarno, las consecuencias de un cambio climático que altera no solo el mundo en su conjunto, sino también las relaciones interpersonales, la directora suiza Jacqueline Zünd regresa al documental con Heat, seleccionado en la competición internacional de largometrajes de Visions du Réel. Heat aborda de nuevo los temas presentes en Don’t Let the Sun, trasladándolos, sin embargo, al mundo real, un mundo distópico donde el calor lo envuelve todo como un abrazo que se vuelve mortal.
Ambientada en los países del Golfo, donde las temperaturas pueden superar los 50 °C, Jacqueline Zünd pone en escena, con una mirada incisiva y penetrante pero nunca exenta de momentos de empatía casi salvadora, el horror de quienes no pueden permitirse el lujo de protegerse de un calor que consume por dentro. En Heat, la sociedad está dividida en dos grupos bien diferenciados: los pocos privilegiados que aún pueden resguardarse de un sol convertido en enemigo, y los migrantes de los países del sur, a quienes no les queda más remedio que resistir e intentar luchar, con los escasos medios de que disponen, contra un calor que destruye poco a poco no solo su cuerpo, sino también su mente. Estos seres humanos, considerados de segunda categoría y convertidos en fantasmas, en sombras silenciosas que rozan el asfalto ardiente con un paso a la vez decidido y resignado, intentan sobrevivir como pueden a un calor asfixiante, angustioso y perversamente sarcástico. A través de su película, Zünd devuelve dignidad a estos grandes olvidados, les permite expresar un malestar que los consume por dentro, como el propio sol. Ya sea un repartidor al que se le niega el acceso a las salas climatizadas de los restaurantes para los que trabaja, una joven empleada como camarera en un bar iglú donde su cuerpo queda devastado por repetidas sesiones de congelación y descongelación, o una mujer que intenta salvar a un grupo de gatos callejeros dándoles cada noche comida y hielo, cada uno trata de sobrevivir como puede en un mundo distópico que ya no sigue ninguna regla.
Gracias a un uso extremadamente medido de tonalidades profundas que van del amarillo (el exterior cegador de ciudades rodeadas por el desierto) al azul (el interior de edificios modernísimos donde el aire acondicionado se convierte en una especie de pulmón artificial), Jacqueline Zünd consigue hacer sentir, casi en la piel del espectador, lo que implica vivir en un mundo tan caluroso que se vuelve inhabitable. A veces, en contadas ocasiones, el amarillo y el azul se rozan, recordándonos que, fuera de esos edificios convertidos en fortalezas climatizadas, el sol no deja de arder, consumiéndolo todo y a todos.
El ambiente sonoro, inmersivo, que acompaña a estas imágenes en cierto modo de ciencia ficción, acentúa aún más esta sensación de asfixia, de cautiverio claustrofóbico. El sol, cuando aparece en pantalla, está casi siempre acompañado de un sonido metálico, obsesivamente constante, que amplifica su poder destructivo. Cuando Zünd filma la ciudad, los sonidos rara vez son reales, sino amortiguados, como si la realidad estuviera filtrada por la locura de un calor que lo devora todo.
“Ninguna forma de vida puede resistir un calor así” es una frase que parece resumir el malestar resignado de unos seres humanos víctimas de los excesos de una sociedad capitalista que ha explotado y saqueado la naturaleza hasta transformarla por completo. Heat es una película cruelmente fascinante y de gran potencia estética que nos enfrenta a las consecuencias devastadoras de la avaricia humana.
Heat es una producción de Lomotion AG, real Film GmbH, SRF Schweizer Radio und Fernsehen y ARTE G.E.I.E, y su distribución internacional corre a cargo de Taskovski Films Ltd.
(Traducción del italiano)
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