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VISIONS DU RÉEL 2026

Crítica: Magilligan

por 

- Ross McClean retrata el día a día de un joven que lucha contra los demonios que lo atormentan y se enfrenta a un difícil pasado familiar

Crítica: Magilligan

Tras estrenar a nivel mundial su cortometraje No es una ciudad cualquiera (2025), el director norirlandés Ross McClean regresa al festival Visions du réel con su primer largometraje, Magilligan, que se proyectará en la competición internacional de largometrajes. Ryan, el protagonista de la película, a quien el director conoció hace años y que ya fue la fuente de inspiración de su corto Hidenbank, sigue entrando y saliendo de prisión debido a su comportamiento violento y a su adicción a las drogas. El encarcelamiento es para Ryan casi una segunda naturaleza, como si los dos mundos —el interior y el exterior de la cárcel— fueran ya lo mismo. Cuando el mundo exterior no tiene nada que ofrecer salvo violencia y confusión, ¿puede realmente considerarse la prisión un castigo? Al igual que Ryan, Magilligan, la hermosa península del condado de Derry, en Irlanda del Norte, donde se sitúa la acción, alberga una historia dolorosa y conflictiva, oscilando constantemente entre una belleza natural sobrecogedora y resentimientos profundos y devastadores.

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En cierto modo, Magilligan prolonga el discurso iniciado con Hidenbank, ambientado entre los muros de la prisión donde Ryan cumple una condena de diez años. Lo que interesa al director, y que desarrolla en mayor profundidad en este nuevo trabajo, es explorar la relación entre el entorno social y familiar del protagonista y la confusión que ahoga su vida. Aunque la relación con su padre no se aborda de manera directa, la película deja entrever hasta qué punto la educación que recibió —basada en la violencia y en la idea de “no dejarse pisar”, en un conflicto permanente entre el “nosotros” y “los otros”— ha influido en sus decisiones vitales. El protagonista, siempre enfrentado a los demonios que lo acompañan tanto dentro como fuera de la cárcel, experimenta, gracias al contacto con las ovejas que cuida dentro de un programa de reinserción penitenciaria, el afecto del que siempre ha carecido. Con ellas establece por primera vez una relación profunda y desinteresada basada en el respeto y la ternura. La forma en que las observa y acaricia transforma literalmente su rostro, permitiéndonos vislumbrar lo que se esconde tras la coraza que ha construido. ¿Y si la verdadera libertad, la que permite luchar contra el determinismo social, residiera precisamente en la capacidad de sentir un afecto genuino por otro ser vivo? Lo que sí es seguro es que, gracias a su película, el director ofrece a Ryan un espacio donde reflexionar y experimentar nuevas sensaciones, donde imaginar, aunque sea tímidamente, una vida diferente.

En un continuo ir y venir entre el interior y el exterior de la prisión, la película muestra hasta qué punto el encarcelamiento de Ryan es más mental que físico, y lo difícil que le resulta distanciarse de una historia familiar marcada por la violencia, el dolor y la adicción (al alcohol en el caso de su padre y a las drogas en el suyo). El protagonista de Magilligan, acompañado por la mirada paciente y respetuosa del director, que capta cada pequeño gesto y deja entrever en sus ojos emociones nuevas que aún no se permite sentir, lucha por liberarse de lo que él mismo considera “su ADN”. Sin minimizar ni justificar lo que ha hecho Ryan, Ross McClean intenta identificar las raíces de su rabia para ayudarle a atravesar la niebla que lo aprisiona.

Magilligan ha sido producida por Nightstaff (Reino Unido), Here and Elsewhere (Estados Unidos) y Little Rose Films (Irlanda).

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(Traducción del inglés)

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