Crítica: Amarga Navidad
por Alfonso Rivera
- Como en Dolor y gloria, Pedro Almodóvar echa mano de la autoficción para hablar en esta ocasión de duelo aplazado, vampírica inspiración artística y crisis profesional

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ficha de la película], que se estrena en España este viernes 20 de marzo distribuida por Warner Bros, Pedro Almodóvar extrae, como ya hizo en su anterior Dolor y gloria [+lee también:
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ficha de la película], prendas de su armario personal para confeccionar un argumento que, desdoblado en dos (la realidad de un cineasta en crisis y el guion que éste escribe), hablar de los sinsabores al inspirarse en la vida de los otros y las maneras diversas de enfrentarse al duelo. Pero el entretenimiento, la emoción y el humor –a pesar de un par de esperanzadores fogonazos iniciales– quedan sepultados por su sobrecarga de intensidad, melodramatismo y pretensiones.
Por supuesto, el film contiene planos hermosos de sello autoral (especialmente en las escenas rodadas en una isla tan fotogénica como Lanzarote, que ya aparecía en Los abrazos rotos [+lee también:
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ficha de la película]), pero que sus personajes habiten en mansiones impolutamente decoradas les acerca más a esculturas de museo que a humildes humanos con los que empatizar.
La protagonista es Elsa, una cineasta de culto aquejada de jaqueca pertinaz que no acaba de recobrar la inspiración (interpretada por Bárbara Lennie), la cual mantiene una relación sentimental con un bombero llamado Bonifacio (Patrick Criado) y otras de amistad con una chica que sufre los estragos de una pareja tóxica (Victoria Luengo) y una modelo que ha perdido a su hijo (Milena Smit).
Hasta aquí el argumento de los primeros minutos de Amarga Navidad, un festival de bajones que no levantan ni el esforzado striptease que regala a la concurrencia el buenazo –en todos los sentidos– apagafuegos, aliñados además con unos diálogos recargados, dolientes y pretendidamente profundos que explican las zozobras mil que angustian a estas mujeres al borde de un ataque de llanto. Y la música omnipresente de Alberto Iglesias no deja un minuto de silencio para asimilar sosegadamente tanta información terrible.
Título como el de una canción que interpretó la gran Chavela Vargas (a la que se menciona hasta dos veces), Amarga Navidad se bifurca a la mitad de su metraje para empeorar las cosas: ver al actor argentino Leonardo Sbaraglia convertido (como hacía Antonio Banderas en Dolor y gloria) en un doble casi idéntico de Pedro Almodóvar, un director de cine encumbrado que tiene de asistente personal a la eficaz Mónica (Aitana Sánchez-Gijón) y vive en un colorido chalet con piscina con un hombre más joven (Quim Gutiérrez), quien tiene que aguantar estoicamente sus rutinas de genio.
Con este frío y atropellado trabajo meta cinematográfico, donde ambas líneas argumentales no acaban de maridar armoniosamente y su autor se cita, recita y homenajea sin freno, el cineasta manchego que ha regalado al cine mundial inmortales y maravillosas joyas, parece querer pedir perdón a aquéllos en los que se ha inspirado (algo que sabíamos desde sus primeras cintas, retratos de la libertad que eclosionaba en España… y de sus amigos) para gestar sus guiones originales, lo que carece de interés para el espectador que no sea un admirador cegado de amor. Porque debajo de todo esto se transparenta el ensimismamiento de un artista que, como los dos personajes centrales de su película número 24, parece haber perdido la capacidad de crear una obra interesante, fresca, emocionante y, por qué no, divertida.
Amarga Navidad es una producción de El Deseo. De sus ventas se ocupa la española Film Factory Entertainment.
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