Crítica: La voix du troupeau
por Giorgia Del Don
- El primer largometraje de Mathias Joulaud y Lucien Roux surge de un encuentro con Didier, un hombre de cincuenta años que es sordo de nacimiento y trabaja en una granja de ganado vacuno en Auvernia

Habituales en Visions du Réel, donde presentaron su primer cortometraje, Ramboy, en 2022, los jóvenes cineastas franceses Mathias Joulaud y Lucien Roux regresan a Nyon con su primer largometraje, La voix du troupeau, que se presenta en la competición Burning Lights.
Con una delicadeza y un lirismo poco habituales, la película cuenta la historia de un hombre analfabeto llamado Didier, que nació sordo y que encuentra un motivo para vivir gracias al contacto que mantiene con los animales, en concreto con sus perros, pero sobre todo con las vacas a las que cuida en la granja de la familia Maury. Sin hablar en su nombre, los directores observan a Didier mientras intenta encontrar un lenguaje, entre gestos y expresiones faciales, capaz de transmitir el dolor provocado por la pérdida de su hermano y único compañero real de vida, Claude.
Aunque el protagonista de La voix du troupeau no puede expresarse verbalmente, su necesidad contagiosa de comunicarlo todo impregna la película. En lugar de palabras, son las imágenes, los movimientos, los olores y los sabores de una vida sencilla y cargada de emoción los que definen y delimitan su mundo. Y, para transmitir el torbellino de sensaciones que atraviesa a Didier, los directores se vieron obligados a tratar de percibir el mundo tal y como él lo percibe. El resultado es una película llena de poesía y sensibilidad, que combina sin fisuras sueño y realidad mediante secuencias creativas en las que la vida cotidiana de Didier se funde con imágenes animadas, a cámara lenta o deliberadamente borrosas.
La historia del protagonista no se cuenta de forma lineal, ni mediante una voz en off ni a través de testimonios de quienes lo conocen y conviven con él. En su lugar, los cineastas ceden la palabra directamente a Didier, pese a su falta de palabras. Sentado frente a la cámara, muestra fragmentos de su pasado, desde las dificultades que vivió en la escuela hasta los intentos de hacerle llevar un audífono y, en última instancia, la devastadora pérdida de su hermano. Todo ello lo comunica el propio Didier a través de su lenguaje particular, compuesto de gestos que se transforman en danza, sonidos que se convierten en notas musicales y miradas cargadas de emoción. Al intentar descifrar un idioma desconocido, se invita al público a identificarse con Didier, a sentir lo que significa no poder comunicarse directamente con el mundo exterior.
Sin embargo, lo verdaderamente conmovedor es la profunda relación entre Didier y sus animales, especialmente con las vacas de la granja de la familia Maury. La forma en que acaricia las caras de los terneros recién nacidos o masajea el lomo de sus madres permite comprender que el amor no necesita palabras. Gracias a la paciencia y el cariño de la familia Maury, especialmente del hijo menor, el protagonista logra superar un reto aún más arduo: forjar lazos duraderos con otros seres humanos además de Claude. Entre la desesperación y la resiliencia, el coraje y la dulzura, Didier y los miembros de su familia “adoptiva” luchan por mantener vivo un mundo que prácticamente ha desaparecido. Se convierten en su propio rebaño, que no necesita palabras para entenderse.
La voix du troupeau es un homenaje a las cosas sencillas, una oda a las emociones profundas y toda una lección de vida.
El largometraje ha sido producido por Akka Films (Suiza) y Les films du tambour de soie (Francia), junto con RTS Radio Télévision Suisse (Suiza).
(Traducción del italiano)
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