Crítica: Krakatoa
por Alfonso Rivera
- Carlos Casas reinterpreta el cine de catástrofes desde lo orgánico e inmersivo con una película sin diálogos y de sonidos e imágenes percutivos que expone la fragilidad humana

Proyectada en la sección Canarias Cinema (dos de sus productores, Helena Girón y Samuel H. Delgado, son hijos del archipiélago) del 25.° Festival Internacional de Las Palmas, Krakatoa se convierte en una experiencia poco habitual en una sala cinematográfica. Su director y guionista, Carlos Casas, además de haber dirigido los largometrajes Hunters Since the Beginning of Time y Cemetery, es reconocido por sus instalaciones y montajes audiovisuales, y ese talento late en la concepción de su último film, que pasó por el apartado de industria de este mismo certamen hace cinco años, se estrenó mundialmente en la sección Harbour del último IFFR y ha obtenido recientemente el premio del público en Punto de Vista.
Los primeros momentos de Krakatoa presentan, con una luz azulada proveniente del océano que lo rodea, a su único protagonista, Kesuma, un marinero de Java (interpretado por Roni Hensilayah) que vive en una enorme plataforma flotante, confeccionada con troncos y bambú. Su rutina es minuciosa, lenta, sin estrés: preparar la comida, intentar pescar, descansar… hasta que un fogonazo todo lo baña y tiñe de rojo.
Un tsunami arroja violentamente al hombre al mar. Tras luchar contra las embravecidas olas, da con sus huesos en una playa desierta por la que deambula errático, como un Robinson Crusoe en el infierno, mientras el volcán del título erupciona. La parte central de su escueto pero intenso metraje (79 minutos) se completa con el periplo de ese hombre a través de diferentes escenarios, donde lucha por su supervivencia en medio del cataclismo alimentándose de cocos, hasta que descubre algo que le conduce hacia la oscuridad de una cueva.
Ahí empieza la tercera y definitiva parte de la película: un descenso a los infiernos que aúna la belleza del magma, el humo y las nubes de ceniza con la ferocidad de esas mismas imágenes. Mitología y Naturaleza se entrelazan para, con fogonazos y destellos que, como se advierte al comienzo de la proyección, pueden afectar a personas fotosensibles y que a veces empujan al público a bajar la mirada de la pantalla, aquél experimente algo similar a lo que el pescador vive en su viaje alucinante al centro de la Tierra, donde no es más que un insignificante ser humano.
Rodada entre Indonesia –donde se encuentra el auténtico volcán Krakatoa, cuya mítica explosión de 1883, la mayor jamás registrada, inspira este film– e Islandia, la cinta se complementa –como sucedió en Róterdam (leer más) y lo hace estos días en el festival Play-Doc de Tui (Pontevedra) – con una instalación artística inmersiva que amplía el campo de batalla de esta propuesta envolvente, utilizando otros elementos que las salas de cine convencionales no permiten, como las vibraciones y el movimiento físico del público.
Por todo ello, esta no es la típica película de catástrofes de alto presupuesto que invita a la lágrima y a la reconciliación emocional de sus numerosos personajes tras el trauma vivido, sino algo más íntimo, psicodélico, humilde, híbrido y experimental, que –mientras sigue resonando en oídos (gracias al trabajo sonoro de Nicolas Becker, ganador del Óscar por Sound of Metal), pupilas y cerebro- invita a la reflexión ecológica, histórica y humanista.
Krakatoa es una producción de las compañías españolas La Banda Negra y Filmika Galaika, la francesa Map Productions, la británica AMI – Artist Moving Image y la polaca Etnograf. De sus ventas internacionales se ocupa Gargantua Film Distribution.
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