Óliver Laxe habla de su carrera en la 8.ª edición de Gabès Cinema Fen
por Ola Salwa
- La masterclass del director fue menos una hoja de ruta profesional y más una reflexión personal sobre su proceso, su sentimiento de no pertenecer y la importancia de cuestionar sus intenciones

La 8.ª edición del Gabès Cinema Fen de Túnez (celebrada del 26 de abril al 2 de mayo) ofreció una retrospectiva completa de la obra de Óliver Laxe, que incluyó su cinta galardonada en Cannes y nominada al Óscar Sirāt, así como una clase magistral moderada por el crítico e historiador de cine tunecino Tahar Chikhaoui.
Laxe describió su trayectoria cinematográfica como una serie de reacciones a una sensación de no pertenencia que le acompaña desde la infancia. Nació en París, hijo de padres españoles que regresaron a España cuando tenía 6 años. “En Francia, éramos españoles. Cuando volvimos a España, éramos franceses”, explicó, recordando una temprana sensación de “inadaptación” que más tarde moldearía tanto su vida como su obra. “Cuando me hacían fotos, nunca miraba a la cámara”. Esa distancia (del lugar, de la identidad, de las definiciones fijas) se convirtió en un motor para avanzar, tanto en sentido literal como simbólico.
Su entrada en el mundo del cine no siguió las vías institucionales. Rechazó la escuela de cine y estudió Comunicación, hasta que un giro inesperado le llevó a Marruecos, donde ha rodado casi todas sus películas hasta la fecha. Pese a obtener una beca en Londres, afirmó sentirse “muy mal allí (un vacío real)”. Marruecos, en cambio, es un lugar donde se sintió “un poco en casa”, lo que permitió que su cuerpo y, por extensión, su filmografía, “se expresaran”.
Durante su clase magistral, Laxe mencionó a los cineastas que más le influyeron en sus inicios. “Solía hacer una broma: cuando me fui a Londres, había completado la Santísima Trinidad. En el nombre del Padre (la cabeza), Robert Bresson; del Hijo (el corazón), Abbas Kiarostami; y del Espíritu Santo, Andrei Tarkovsky. Amén”. Citó El espejo, Stalker y Andrei Rublev como sus películas favoritas de Tarkovsky. Su atracción por las filosofías orientales y por cineastas como Kiarostami nace de una búsqueda de sentido ausente en su propio contexto cultural. “Es esencial que encontremos una filiación espiritual”, defendió.
Laxe es también de esos directores que cuestionan constantemente sus intenciones artísticas. Los primeros años que pasó en Marruecos fueron “una época complicada, porque no soy marroquí; tampoco era musulmán. La posición desde la que hablas es muy importante (desde dónde miras, cómo miras)”. Hablando de Sirāt, el cineasta subrayó que “fue una película muy difícil de hacer, sufrí mucho por el miedo a que se me malinterpretara. Tenía miedo de que la gente pensara que era un sádico o una persona cruel”, y arrojó luz sobre su intención de matar a los personajes para poner un espejo frente al público y confrontarlo con su propia muerte, algo que los seres humanos hicieron durante mucho tiempo, antes de que la cultura contemporánea dejara de reflexionar sobre nuestra propia mortalidad.
Al margen de su éxito internacional, Laxe señala que en España sigue considerándose “un elemento raro”, y añade que “no encuentro mucho misticismo en el cine español. Me gustaría mucho pertenecer, pero no veo en qué tradición del cine español encajaría ni cuál es mi lugar en el cine español”.
(Traducción del inglés)
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