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INSTITUCIONES / LEGISLACIÓN Europa

Con novedad en el frente: la OTAN intenta seducir a los narradores audiovisuales

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- Las “conversaciones íntimas” lanzadas por la organización con guionistas, productores y directores plantean legítimas cuestiones sobre una nueva tendencia de propaganda prodefensa

Con novedad en el frente: la OTAN intenta seducir a los narradores audiovisuales
La sede de la OTAN en Bruselas (© OTAN)

“El cine es una herramienta revolucionaria, revela cómo la sociedad quiere verse a sí misma”, escribió Louis Delluc en 1919. El cine es, sin duda, un instrumento de construcción del imaginario colectivo, y no es casualidad que Estados Unidos comprendiera perfectamente este potencial tras la Segunda Guerra Mundial. Es bien sabido que, como parte del Plan Marshall, la penetración del cine de Hollywood formaba parte del paquete, junto con el pan y la harina, el cemento y el apoyo destinado a reconstruir una Europa devastada por la guerra y desestabilizada por las tensiones de lo que acabaría convirtiéndose en la Guerra Fría: una guerra muy real, no solo a través de sus conflictos derivados, sino también mediante la batalla por conquistar las dimensiones emocional, sentimental e imaginaria de la vida cotidiana.

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La OTAN parece ahora reactivar esa misma estrategia. Según reveló The Guardian el 3 de mayo, la alianza ha mantenido reuniones a puerta cerrada con guionistas, productores y showrunners en Los Ángeles, Bruselas y París, y prepara una cuarta en Londres el próximo junio. El objetivo, al parecer, es sembrar nuevas narrativas que justifiquen mayores presupuestos de defensa, sostener a la organización en medio de sus múltiples presiones y normalizar la idea de elevar los niveles de defensa como una necesidad cotidiana.

No hay nada intrínsecamente malo en querer entender cómo funcionan las instituciones supranacionales: la popularidad de series como Borgen, Parliament, The Diplomat o House of Cards demuestra que el público tiene un apetito genuino por ello, pero varios elementos de esta campaña merecen escrutinio.

Las reuniones se celebraron bajo la Regla de Chatham House, lo que significa que los participantes pueden hablar sobre lo discutido, pero no revelar quién lo dijo ni quién asistió. Esto otorga a la OTAN un cierto grado de negación plausible: su mensaje puede llegar a las comunidades creativas mientras la cadena de influencia permanece en gran medida oculta.

Las asociaciones paneuropeas de directores, guionistas y autores con sede en Bruselas no fueron informadas en absoluto de dichas reuniones.

Las organizaciones intermediarias también plantean preguntas legítimas. Una de las reuniones fue organizada por el Center for Strategic and International Studies, un think tank de Washington cofundado por un almirante durante la Guerra Fría y financiado en gran medida por contratistas del Pentágono. En una charla pública derivada del evento, una de las participantes se define a sí misma como “una nerd de la OTAN en lo más profundo de mi corazón”. Cualquier distancia crítica por parte del resto de los ponentes brilló por su ausencia.

El guionista Faisal A Qureshi expuso sin rodeos el riesgo, según informó The Guardian: los creativos que entran en este mundo no atribuible de sesiones informativas militares “pueden verse seducidos hasta pensar que ahora poseen algún conocimiento secreto, que existe un mundo de grises en el que la moral se estira y los abusos de los derechos humanos son aceptables cuando se cometen por el bien mayor”.

Existe otro informe que explicita aún más (y de manera preocupante) la estrategia. El Centre for European Reform, otro think tank con sedes en Bruselas, Londres y Berlín, que se define como “atlantista y eurofilo”, publicó en marzo un informe con un título difícilmente más explícito: How to build public support for defence spending in Europe (Cómo conseguir el apoyo de la opinión pública al gasto en defensa en Europa). Este exhorta a los gobiernos a “emprender una campaña de comunicación para elevar los niveles de percepción de la amenaza (…) Los gobiernos deberían utilizar enfoques no convencionales para transmitir estos mensajes y construir un consenso en torno a las inversiones en defensa (…). Los gobiernos también deberían implicar a las instituciones culturales y destinar financiación a las artes para contribuir a la conversación pública sobre la defensa, y movilizar a figuras públicas, incluidos miembros de la realeza, deportistas y líderes juveniles”.

En un clima en el que los autores se autocensuran cada vez más y en el que los fondos públicos, los productores y los narradores rehúyen las historias incómodas, es legítimo plantearse una pregunta: ¿está la propaganda volviendo a convertirse en una amenaza existencial para la libertad y la integridad de la expresión cultural?

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(Traducción del inglés)

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