CANNES 2026 Semana de la Crítica
Crítica: La Gradiva
por Fabien Lemercier
- CANNES 2026: Marine Atlan crea una ópera prima de gran riqueza y alto nivel artístico al seguir a un grupo de jóvenes franceses en viaje escolar en Italia

“Dejad que la experiencia y las emociones fluyan; mirad los cuerpos, los rostros, los movimientos, los colores…” En forma de respuesta a estos consejos de una profesora que explica a sus alumnos de bachillerato, durante unos días en Nápoles, cómo sentir y dar vida a una obra de arte de un pasado lejano, la cineasta francesa Marine Atlan (muy conocida como prestigiosa directora de fotografía) firma con La Gradiva, presentada en la competición oficial de la Semana de la Crítica del 79.º Festival de Cannes, un primer largometraje como directora proteico y especialmente logrado. ¿Su fórmula? Captar, a la sombra del Vesubio, la intensidad sensorial y psicológica de las sacudidas sísmicas del final de la adolescencia.
“¿Qué tal, pequeño francés? ¿No estás demasiado perdido?”. Para Toni (Colas Quignard), el carismático liante de la clase parisina de último curso, a la que su profesora de latín, la señora Mercier (Antonia Buresi), lleva en tren hasta Pompeya, el viaje adquiere el tono de una búsqueda existencial y romántica: su abuela, una mujer pobre que trabajaba como empleada doméstica, perdió al amor de su vida —un joven de buena familia— en el terremoto de 1980, antes de exiliarse, devastada, a Francia. Una fotografía de ella y de la villa (antes de que la catástrofe la sepultara) da fe de ello y, pese a la ausencia total de pistas, Toni se aferra —entre porros y noches subidas de tono con hombres que conoce a través de una aplicación— a la idea de que pertenece a esa ciudad de Nápoles cuya vitalidad le fascina. Su mejor amigo, James (Mitia Capellier), hijo de periodista, es más bien del tipo sarcástico y dado a aprovechar sin escrúpulos las oportunidades de sexo esporádico (“en realidad no tenemos mucho que decirnos”) con sus compañeros de clase. Suzanne (Suzanne Gerin), por su parte, los observa sintiéndose incómoda consigo misma, intentando mantener ese equilibrio precario y enérgico característico de su edad, así como el miedo sordo al futuro (“nada está hecho para mí, no conozco a nadie”) y a lo desconocido. Y en medio de la dolce vita y de las visitas culturales, empieza a instalarse una tensión, como una amenaza (“el cuerpo sigue intacto, parece simplemente que la vida se ha ido”) que planea sobre este grupo que esconde profundas soledades…
Componer una película coral que otorgue a cada protagonista (los jóvenes y la adulta que los acompaña) una identidad profunda que emerja de forma progresiva y natural, además en un período temporal bastante breve (los seis días del viaje), esbozar un retrato generacional lleno de humanidad, transmitir información cultural, hacer resonar pasado y presente, captar la atmósfera de los lugares sin caer en una mirada turística, mezclar extrañeza y familiaridad en las proporciones adecuadas, abrir la puerta a múltiples interpretaciones y sazonar el conjunto con un perfume dramático suspendido… Todo eso no está al alcance del primer cineasta de turno. Al dejar que las secuencias respiren, en un estilo anclado en un realismo documental visualmente trabajado de forma magnífica, la directora (coautora del excelente guion junto a Anne Brouillet) imprime una huella muy personal y supera con nota su rito de paso al largometraje.
La Gradiva (un título que remite a una novelita de principios del siglo XX del alemán Wilhelm Jensen que inspiró a Freud y a los surrealistas) ha sido producida por la sociedad francesa Les Films du Poisson, y coproducida por la italiana BiBi Film. Las ventas internacionales están gestionadas por mk2.
(Traducción del francés)
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