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CANNES 2026 Un Certain Regard

Crítica: I’ll Be Gone in June

por 

- CANNES 2026: Katharina Rivilis firma una magnífica ópera prima basada en su propia experiencia como estudiante de intercambio en Nuevo México

Crítica: I’ll Be Gone in June
Naomi Cosma en I’ll Be Gone in June

Toda partida comienza en el punto de llegada. La directora alemana Katharina Rivilis ejemplifica esta nostalgia que se alimenta a sí misma mediante el contraste entre el título de su ópera prima, I'll Be Gone in June, y su escena inicial, en la que Franny, de 16 años (interpretada por la debutante Naomi Cosma), llega a un pequeño aeropuerto de Las Cruces. Como estudiante de intercambio procedente de Brandeburgo (Alemania), la joven está muy lejos de casa, pero en su serenidad y su mirada curiosa ya se vislumbra el reflejo de Las Cruces, una ciudad desértica cercana a la frontera con México. Sus cielos de un azul intenso y sus colinas amarillas abrasadas por el sol encierran una promesa para los jóvenes y los aventureros, algo que Rivilis conoce bien, ya que I'll Be Gone in June, estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, está basada en su propia experiencia como estudiante de intercambio en esta localidad.

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Ambientar la película en 2001 y filtrarla a través de los ojos de una adolescente alemana, probablemente de la misma edad que la Alemania reunificada, convierte I’ll Be Gone in June en una reflexión sobre esa nueva movilidad que se convirtió en una de las señas de identidad del cine europeo de los años 2000. Sin embargo, la perspectiva de Rivilis resulta refrescante y decididamente antinostálgica. La película vive y respira por sí sola, desligada de sus predecesoras. En lo estilístico, comparte afinidades con cineastas estadounidenses como Kelly Reichardt y los hermanos Bill y Turner Ross, cuyos personajes marginados resultan tan auténticos que los mundos que habitan rozan el documental. En este caso, el paisaje de Las Cruces se retrata con una inmediatez aún más palpable gracias al trabajo de cámara de Giulia Schelhas (que previamente ha colaborado con Angela Schanelec), captando los perfiles más crudos de la juventud, donde cada detalle no solo tiene importancia, sino también una fuerte carga emocional.

La magia de Las Cruces y del desierto es palpable en los suntuosos planos generales de carreteras polvorientas de color terracota y luminosos atardeceres rosados, que crean un vacío donde todo se intensifica y cada encuentro resulta significativo. Al principio tímida, Franny no tarda en hacer amistades tanto en la escuela como fuera de ella, formando un grupo de adolescentes con quienes compartir las extrañas y agridulces realidades del paso a la edad adulta. Hasta que llega el 11-S, que hace añicos la ilusión de unidad, a medida que sus consecuencias (y la Guerra contra el Terror) moldean el futuro de formas que Franny aún no puede comprender. Pese a ello, la película nos insta a detenernos y permitir que siga siendo una adolescente durante un poco más de tiempo.

Dos elementos están siempre presentes en la película: los agentes de policía y la cámara de Franny; esta última presta tan a menudo su perspectiva a la película que termina por imponerse como punto de vista principal. Al principio ocupa claramente el lugar de la mirada directa de Franny, pero, a medida que avanza la historia, deja de estar claro a quién pertenece exactamente la cámara. A menudo, esta se demora en el rostro de Franny, permitiéndonos observar las oleadas de emoción que la atraviesan y revelando apenas unos gestos sutiles y una mirada fugaz, como si las proyecciones de los demás rebotaran en ella sin llegar nunca a adherirse. Aunque ni el pánico ni la ansiedad le son propios, permite que la inunden de una manera que mantiene vivo lo que queda de su asombro infantil.

Como es habitual en los relatos sobre adolescentes, hay un amor absorbente y un desplazamiento gravitacional. En el caso de Franny, ese es el enigmático y carismático Elliot (David Flores), que la saca del círculo seguro de sus amigas. La transición de un objeto de afecto a otro es fluida gracias a un guion afinado, y vemos cómo su órbita se contrae y vuelve a expandirse cuando llega la inevitable decepción. Rivilis deja claro que la percepción del tiempo de Franny es emocional, no histórica (es decir, no está determinada por el 11-S), y ese desajuste garantiza que la película tenga espacio para respirar. En consecuencia, también entendemos que la atracción del primer amor y la búsqueda de un lugar al que pertenecer pesan más que la ansiedad que se extiende por todo el país. No obstante, esa preocupación incipiente acabará creciendo, entrelazada con los recuerdos de un tiempo anterior a la pérdida.

I’ll Be Gone in June es una producción de Road Movies Gbmh (Alemania), coproducida por 8Horses (Suiza) y Wolfskind Films Alemania). Luxbox gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del inglés)

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