Crítica: Fjord
por Mariana Hristova
- CANNES 2026: El cineasta rumano Cristian Mungiu firma un thriller judicial basado en una historia real, que aviva un debate sobre los límites de la injerencia institucional en nuestra vida privada

Al igual que hizo en su película ganadora de la Palma de Oro, 4 meses, 3 semanas y 2 días, así como en su anterior trabajo, R.M.N., en Fjord, que acaba de estrenarse en la competición del Festival de Cannes, Cristian Mungiu examina un microcosmos reducido para poner sobre la mesa problemas de mayor alcance y suscitar debates universales sobre asuntos apremiantes.
En esta ocasión, el tema central es la crianza, yuxtaponiendo dos visiones contrapuestas: la visión cristiana más dogmática y tradicional, ampliamente considerada desfasada; y la laica, que defiende la autonomía de los menores y que, en Europa, tiene el privilegio de imponerse como norma y de contar con respaldo legal. Las dicotomías espiritual/racional, conservador/liberal y Este/Oeste chocan con intensidad, en sintonía con nuestras sociedades europeas contemporáneas y polarizadas, cuestionando su valor más ensalzado en el discurso, pero más frágil en la práctica: la tolerancia.
Basada en un espinoso caso real (trasladado a la pantalla de manera algo literal), la trama se centra en una pareja intercultural unida por su fe evangélica. Mihai (Sebastian Stan) y Lisbet (Renate Reinsve) se trasladan desde la Rumanía natal del primero a la comunidad noruega de esta junto a sus cinco hijos y, de inmediato, son objeto de escrutinio por parte de la comunidad local. Un moratón en el cuello de su hija adolescente pone en marcha a los servicios locales de protección de menores y, en un abrir y cerrar de ojos, sus hijos son ubicados en tres hogares de acogida distintos mientras se investiga el caso; los padres, además, afrontan la amenaza inminente de prisión. No es solo el moratón, sino toda su visión de la cosmogonía lo que se pone en entredicho. De repente, el tranquilo e idílico fiordo donde creían haber hallado un refugio seguro se convierte en una especie de escape room de pesadilla, sin salida posible bajo la estricta legislación noruega.
La película conjuga con eficacia el drama familiar y el thriller judicial, al igual que la ganadora de Cannes Anatomía de una caída, manteniendo la tensión al máximo y preservando la ambigüedad hasta el último minuto, lo que obliga a cuestionar las miradas de todos los personajes durante (y mucho después de) la película. Sin embargo, por muy objetivo y no partidista que Mungiu haya intentado ser, lo que termina imponiéndose es el relato dominante de los acusadores frente al de los acusados, menos por sus actos concretos que por sus métodos “atrasados” en un mundo progresista que considera, por ejemplo, que restringir a los niños el acceso a YouTube es una forma de privación. También plantea si es democrático imponer un conjunto de ideas sobre otros con la condescendiente creencia de que sirven al bien común, en un momento en que ciertos valores cristianos han empezado a verse como una patología, y si los progresistas deben necesariamente atribuirse el derecho a tener la última palabra en un mundo en el que el progreso acelerado trae consigo, en realidad, el riesgo de extinción.
Mungiu también subvierte la habitual posición subordinada del europeo del Este dentro del mundo occidental y retrata a Mihai como un rumano culto y plenamente integrado que no duda en buscar justicia por sus propios medios, negándose a aceptar la cosmovisión occidental como intrínsecamente omnisciente. Toda esta complejidad filosófica se incrusta en una estructura dramática contenida y lineal, que se desarrolla mayoritariamente en interiores y se articula mediante un lenguaje cinematográfico depurado que nunca abruma al espectador, sino que deja amplio margen para la reflexión. Las interpretaciones contenidas de Stan y Reinsve se ajustan a la estética minimalista general de la película, mientras que la cámara de Tudor Vladimir Panduru nos va adentrando, silenciosa pero inexorablemente, en espacios cuidadosamente ordenados que, en contraste con los acontecimientos turbulentos que tienen lugar dentro y la oscuridad azulada del exterior, nos recuerdan hasta qué punto la sensación de seguridad que produce el orden exterior puede ser frágil y, en última instancia, ilusoria.
Fjord es una producción de la rumana Mobra Films en coproducción con la sueca Garagefilm International AB y la francesa Why Not Productions. Goodfellas gestiona sus ventas internacionales.
(Traducción del inglés)
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