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CANNES 2026 Cannes Première

Crítica: Mariage au goût d'orange

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- CANNES 2026: Christophe Honoré se sumerge en la atmósfera desenfrenada y tumultuosa de una boda en la que los afectos se entrelazan y chocan, dando forma a un retrato de familia ensombrecido

Crítica: Mariage au goût d'orange
Nadia Tereszkiewicz en Mariage au goût d'orange

“Mi familia es lo que más importa”. Es en el corazón de una celebración de boda intensísima, que mezcla con enorme energía —a veces al borde mismo de la explosión— a 16 personajes principales y secundarios, además de muchos otros, donde Christophe Honoré ha decidido situar el escenario proteico de Mariage au goût d'orange, presentada en la sección Cannes Première del 79.º Festival de Cannes. Se trata del decimosexto largometraje de ficción de un cineasta que disfruta —y esa es una cualidad muy apreciable— renovando constantemente sus enfoques narrativos y formales, logrando siempre dotarlos de una impronta muy personal y emotiva.

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En esta ocasión, el director nos transporta a 1978, en la ciudad de Nantes, a través de la exaltación de una noche de celebración desbordante en la que distintas generaciones, sentimientos profundos e intensos, secretos —grandes y pequeños—, desacuerdos y tensiones psicológicas susceptibles de estallar se despliegan como una montaña rusa alimentada por el alcohol. Un rompecabezas ambientado en un entorno popular que el realizador compone sobre un trasfondo de fatalismo supersticioso y de una búsqueda inquieta de la felicidad, despojando poco a poco sus distintas capas, como si se tratara de una cebolla, y marcando desde las primeras secuencias el ritmo sincopado de la narración: “Ponte el cinturón”.

“Dan vergüenza. Jacques (Paul Kircher) es encantador, pero vas a tener que aguantar a los Puig toda la vida. Me repugnan”. En el interior de un coche frente a la iglesia, la madre de Martine (Malou Khebizi), la novia, no se anda con rodeos. Y es que los siete hermanos Puig, como demostrará el resto de la película, son tan unidos como inquietos: está Claudie (Adèle Exarchopoulos), extremadamente sensible y ya ingresada anteriormente en una institución psiquiátrica; Dominique (Vincent Lacoste), alma de la fiesta y líder de la comitiva, que acaba de ser despedido de su trabajo; o Roger (Alban Lenoir), una auténtica olla a presión de la que más tarde descubriremos que quedó profundamente traumatizado por la guerra de Argelia. También está Annie (Myriem Akheddioui), que ha vivido diez años en Italia y regresa a casa tras decidir separarse del padre de sus hijos; y las más discretas Marie-Do (Nadia Tereszkiewicz) e Isabelle (Noé Abita). Añádase al cóctel las parejas, los ex, los amigos, los hijos (incluidos varios adolescentes con sus propios problemas) y la abuela (Saadia Bentaïeb), cuya ropa interior se quema en un ritual tan llamativo como la posterior subasta nocturna de la liga de la novia, y se obtendrá apenas una mínima idea del torbellino en el que se sumerge la película. Y aún más si se tiene en cuenta que los siete hermanos Puig comparten un secreto muy pesado: la figura del padre, apartado de sus vidas y ausente de la boda.

“Yo cuento la realidad”. Al recrear este auténtico remolino humano mediante una puesta en escena de gran inventiva formal (con Jeanne Lapoirie a cargo de la dirección de fotografía), Christophe Honoré va eliminando progresivamente la pátina inicial de comedia. No conviene hacerse ilusiones, como revelan tres saltos hacia el futuro (flashforwards) que nos llevan hasta comienzos de los años 2000. Al asumir plenamente la confusión de esta boda, donde el entusiasmo desbordante y la embriaguez del momento se alternan con confidencias, estallidos de violencia, consuelo, canciones y reconciliaciones, el cineasta firma una obra de fulgurante intensidad y un tanto extraña, pero de un sabor profundamente marcado.

Mariage au goût d'orange ha sido producida por Les Films Pelléas y coproducida por Chi-Fou-Mi Productions y Trésor Films. Pyramide International gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del francés)

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