CANNES 2026 Quincena de los Cineastas
Crítica: La muerte no tiene dueño
por Olivia Popp
- CANNES 2026: Jorge Thielen Armand nos coloca en la piel de una heredera de una plantación interpretada por Asia Argento, que se ve obligada a enfrentarse a los demonios coloniales de su familia

“Amore amore”, se lee en alegres letras rosas en la camiseta blanca de (Asia Argento), tan fuera de lugar que resulta chocante cuando la encontramos por primera vez en Venezuela. La italiana ha venido a recuperar la casa de su difunto padre, abandonada desde hace mucho tiempo y ocupada y alquilada a terceros por los antiguos trabajadores de su plantación de cacao. En el tercer largometraje del guionista y director venezolano Jorge Thielen Armand, La muerte no tiene dueño, Caro puede ser la protagonista, pero desde luego no es la heroína.
La película, seleccionada en la Quincena de los Cineastas de Cannes, podría verse como una prolongación de un supuesto subgénero conocido como “terror colonialista”, con una combinación de contenido y estilo que fusiona el trauma emocional y el terror corporal de los colonizados. Sin embargo, Thielen Armand opta por centrar la historia en la neocolonizadora, forzando al espectador a situarse en una posición incómodamente distante desde el inicio. El desarrollo pausado del filme se sustenta en un relato de venganza anticolonial que, pese a ser bastante predecible, sigue siendo eficaz, mientras el karma parece seguir su curso: la violencia siempre engendra violencia.
“Aquí tienes tu cacao, tu herencia”, dice el anciano Yoni (Arturo Rodríguez), que siente empatía por ella porque la vio crecer. Al mismo tiempo, susurros inquietantes parecen surgir de la propia tierra, advirtiendo a Caro si intenta reclamarla: “No hay tierra, no hay Dios, no hay casa. No hay nada”. Su misión empieza a desmoronarse cuando la policía local se niega a refrendar la lógica imperial que sostiene su realidad. A medida que Caro va habitando cada vez más la piel colonial que vistieron sus antepasados, su principal aliado pasa a ser su abogado, Roque (interpretado por el padre del cineasta, Jorge Thielen Hedderich).
Todo se reduce al control, mientras nuestro vínculo con ella se vuelve cada vez más tenue, lo que permite al director jugar con el creciente sentimiento de repulsión del espectador hacia Caro. Podría optar por desvincularse del legado de su padre, pero en su lugar lo refuerza. Su insistencia en que Sonia, su antigua empleada doméstica venezolana negra (una brillante y cáustica Dogreika Tovar), y su hijo pequeño Maiko (Yermain Sequera) abandonen la propiedad la consume. Sus sospechas alimentan fantasías cada vez más violentas.
En este escenario poscolonial profundamente perturbador y desolador, constantemente ocupado por sombras, la atmósfera es clave. Thielen Armand se apoya en gran medida en diálogos mínimos, un paisaje sonoro envolvente (la dirección de sonido es obra de Pablo Villegas) y una banda sonora original palpitante (a cargo de Vittorio Giampietro) que impregna toda la película, retumbando a través de secuencias de trabajo. Los componentes sonoros de la película acaban por hacer de La muerte no tiene dueño lo que es: el tintineo de la maquinaria, los lamentos instrumentales, los silbidos ambientales y el retumbar de los tambores se funden para crear una atmósfera de pesadilla.
En el fondo, sabemos cómo termina este relato colonial, o eso esperamos. La propuesta de Thielen Armand no es, en última instancia, diferente en su camino hacia un final amargo y truculento, pero la naturaleza abrumadora de la oscura puesta en escena y del sonido de la película resuenan en los oídos tanto en sentido literal como figurado.
La muerte no tiene dueño es una coproducción entre Venezuela, Canadá, Italia y Luxemburgo, producida por La Faena, Volos Films Italia y Faits Divers Media, en coproducción con Tres y Deal Productions. Lucky Number gestiona sus ventas internacionales.
(Traducción del inglés)
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