CANNES 2026 Fuera de competición
Crítica: Karma
por Mariana Hristova
- CANNES 2026: El thriller psicológico de Guillaume Canet se apoya en una nutrida trama mientras ahonda en la ancestral simbiosis entre sexo y poder, arraigada en las frustraciones masculinas

Instalándose en un terreno que, al parecer, siente como propio (situado en algún punto entre el registro de thriller criminal que exploró en No se lo digas a nadie y Lazos de sangre, y la temática de las relaciones problemáticas vista en Pequeñas mentiras sin importancia y Pequeñas mentiras para estar juntos), en Karma, presentada fuera de competición en el 79.º Festival de Cannes, Guillaume Canet se permite desarrollar una trama ambiciosa en la que nada es exactamente lo que parece en un primer momento. Mientras tanto, el ritmo vertiginoso empuja a los personajes a través de una serie de obstáculos que finalmente los conducen a la verdad sobre sí mismos, pero sin ofrecer al público nada más que una reconfortante resolución de la eterna batalla entre el bien y el mal.
Karma es un espectáculo visual hábilmente construido, aunque excesivamente largo, producido con la participación de Netflix y que nunca supera el listón del contenido de streaming. Incluso para ser presentada fuera de competición (una sección que rara vez despierta grandes expectativas), cuesta entender qué hace esta película en Cannes, a menos que uno empiece a especular con teorías de favoritismo.
La película arranca como un drama febril sobre una relación en crisis, con Jeanne, el personaje de Marion Cotillard, casi fuera de sí: obsesionada con su ahijado Mateo (Aaron Ramo), olvidando dónde lo ha dejado e incapaz de devolvérselo a sus padres, mientras su pareja, Daniel (Leonardo Sbaraglia), trata de recomponer la identidad de una mujer a la que apenas parece conocer. Cuando Mateo desaparece estando bajo su supervisión, se hace inevitablemente claro que, en realidad, se trata de su hijo. Su pasado empieza a salir a la luz, capa a capa, como si estuviéramos pelando una cebolla y la película esperara que lloráramos por ella automáticamente junto a la protagonista, enredada en la tragedia de su destino melodramático. Daniel se lanza a investigar su oscuro pasado, perseguido por el suyo propio, no menos turbulento, siguiendo el rastro de la sombra de una secta aislada en el Pirineo catalán, controlada por el siniestro Marc (Denis Ménochet). La ética profesional impide a quien firma revelar más detalles, ya que a los presentes en la proyección se les advirtió explícitamente, por parte de los publicistas, que no soltaran spoilers sobre lo que, en cualquier caso, es un argumento ya de por sí bastante unidimensional (aunque conviene avisar de que, por enigmático que suene, no merece la pena quedarse a averiguarlo).
Pese a las buenas intenciones de Canet, que “sentía un fuerte impulso de escribir un gran papel para Marion”, su personaje no pasa de ser una simple víctima zarandeada por el destino y por distintos hombres, con muy pocos registros más allá de la mirada mustia de una presa acosada, supuestamente seductora en su propio martirio. Ménochet asume el papel del antagonista resentido, un hombre frustrado que busca venganza y gratificación sexual tras haberle sido negado el amor (una interpretación basada en gritos y muecas). En medio queda el Daniel de Sbaraglia, que intenta expiar pecados pasados mientras se aferra a un desastre inminente como un náufrago que se agarra a un clavo ardiendo. Todos ellos están conectados mediante una psicología de baratillo dentro de un relato por lo demás coherente, que solo mantiene nuestra atención en la medida en que sentimos curiosidad por saber exactamente en qué se ha gastado el presupuesto de producción de 24 millones y cómo se ha malgastado el tiempo de unos intérpretes experimentados.
Karma es una producción de las francesas Iconoclast Films y Canéo Films. Sus ventas internacionales corren a cargo de Pathé International.
(Traducción del inglés)
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