Crítica: Guerra de verano
por Olivia Popp
- En su segunda adaptación de una novela de Roberto Bolaño, Alicia Scherson adopta un enfoque tonal singular para narrar las atípicas vacaciones de un joven obsesionado con los juegos de mesa de guerra

El célebre autor chileno Roberto Bolaño aporta unos cimientos sólidos a Guerra de verano, el nuevo largometraje de Alicia Scherson, una singular adaptación de la fantasía de un joven en los estertores de la Guerra Fría, siempre que el espectador se entregue a la propuesta de la película. Se trata de la segunda adaptación de una novela de Bolaño por parte de Scherson, tras El futuro (2013), y queda claro que la cineasta domina el arte de traducir sus palabras a un lenguaje cinematográfico memorable. El Tercer Reich, la novela en la que se basa Guerra de verano, se publicó póstumamente a finales de la década de 2010, tras el fallecimiento del autor. La película tuvo su estreno mundial en la International Narrative Competition de Tribeca.
En 1989, durante los últimos meses del régimen de Pinochet, Udo Berger (Dan Beirne) pasa las vacaciones en Chile con su novia, Ingrid (Lux Pascal), en un hotel al que acudía de niño con su padre, un hombre de negocios. La dirección de arte nos devuelve de lleno a ese tiempo y ese lugar: la ornamentada decoración hotelera de mediados de siglo, combinada con la vistosa ropa veraniega de los años ochenta, genera un contraste visual necesario y nos sumerge de inmediato en ese periodo histórico.
A partir de ahí, Scherson nos introduce en la psique de un joven obsesionado con los wargames de mesa ambientados en la Segunda Guerra Mundial y con escasa conciencia del mundo exterior. Sin embargo, sus días idílicos quedan marcados por la misteriosa desaparición de Charly (Agustín Pardella), un argentino al que conocen durante las vacaciones y, pese a las protestas de su novia, Udo está decidido a quedarse para investigar.
Scherson rompe nuestro ensueño con imágenes en blanco y negro de la Segunda Guerra Mundial, como si sugiriera que la amenaza sigue latente. Además, varios personajes repiten que el control de Pinochet sobre el país persiste pese a la caída de su dictadura. Las vacaciones de Udo se ven asimismo salpicadas por sucesos extraños, como el encuentro con un hombre conocido como El Quemado, o “The Burnt One” (David Gaete), debido a la gran cicatriz que le cubre el lado izquierdo del rostro.
Beirne insufla vida a Udo con una suerte de encanto torpe, a lo Napoleon Dynamite, perfectamente calibrado. Es alguien por quien resulta imposible no tomar partido, aunque su mente esté llena de fantasías, como la de salvar la situación y besarse apasionadamente con la señora Elsa (Aline Küppenheim), una veterana empleada del hotel a la que recuerda de su infancia (por supuesto, ella no se acuerda de él). Imaginación y realidad se entrelazan a medida que constatamos hasta qué punto estamos condicionados por la perspectiva de Udo, que, en el fondo, actúa como un narrador poco fiable.
Scherson cultiva un sentido del tono muy singular, en el que los aspectos inquietantes del viaje de Udo quedan compensados con precisión por su casi absoluta falta de conciencia de cuanto sucede a su alrededor. Se implica cada vez más en un wargame que juega con El Quemado, pese a haber dejado de hablar con su novia y a verse arrastrado por su casi total incapacidad para percibir la realidad que lo rodea. De este modo, Guerra de verano resulta muy memorable: los personajes entran y salen del relato a capricho y los cabos narrativos quedan sin atar, pero es el poso global de la película lo que acaba resultando verdaderamente satisfactorio.
Guerra de verano es una producción de Araucaria Cine (Chile), Nadador Cine (Uruguay), Le Tiro (Argentina) y OvePossibile (Italia). Pluto Film gestiona sus ventas internacionales.
(Traducción del inglés)
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