Crítica: Piccolo miracolo
por Vittoria Scarpa
- Guido Chiesa entreteje comedia romántica y reflexión social en torno al tema de la vivienda y la transformación urbana, apoyándose sobre todo en la convincente interpretación de Greta Scarano

Entre edificios destinados a la demolición y nuevos complejos residenciales listos para levantarse en su lugar, la nueva película de Guido Chiesa, Piccolo miracolo, que ha sido presentada en la competición oficial de la 72.ª edición del Festival de Taormina y estrenada en los cines italianos el 25 de junio de la mano de 01 Distribution, retrata una transformación que es, al mismo tiempo, urbana y personal. La película, basada en la novela La grazia del demolitore, de Fabio Bartolomei, utiliza el tema de la especulación inmobiliaria en Roma como telón de fondo para crear una historia de redención individual que entrelaza la comedia romántica con la fábula social.
Davide Lancia (Marco D'Amore) es el hijo de un poderoso promotor inmobiliario romano. Este joven culto, adinerado, apasionado del arte y acostumbrado a moverse entre privilegios que nunca ha cuestionado realmente, recibe de su padre (Giorgio Colangeli) el encargo que debe consagrarlo como heredero de la empresa familiar: desalojar un viejo edificio y supervisar su demolición para dejar paso a un lucrativo proyecto inmobiliario. Pero sus planes se complican por culpa de Ursula (Greta Scarano), la única vecina que permanece en el inmueble, una mujer ciega que se opone con firmeza al desahucio. Ambos se conocen en el portal del edificio. Davide se acerca a Ursula sin revelar su verdadera identidad, haciéndose pasar por un técnico del gas, y poco a poco entra en contacto con una realidad muy distinta de la suya. De este modo, la película construye una parábola moral basada en una inversión simbólica explícita: será precisamente quien no puede ver quien enseñe al protagonista a mirar de verdad.
Desde sus primeras imágenes, Chiesa insiste en el contraste entre las distintas geografías de la ciudad. Los planos aéreos con dron sobre la periferia romana dialogan con las villas rodeadas de vegetación y con los barrios de la burguesía acomodada, componiendo así un mosaico urbano en el que el concepto de hogar adquiere una dimensión tanto política como emocional. La demolición de un edificio no representa únicamente una operación económica, sino que afecta también a los recuerdos, las relaciones y el sentimiento de pertenencia.
Si esa dimensión social constituye uno de los aspectos más interesantes de la película, el guion de Nicoletta Micheli (a partir de una idea desarrollada junto a Edoardo Leo) va desplazando progresivamente el foco hacia un tono más conciliador, y la vertiente sentimental acaba imponiéndose. La posterior incorporación de personajes secundarios que acentúan el componente cómico —entre ellos el grupo de obreros encabezado por Gian Marco Tognazzi— modifica el tono del relato. La narración termina así enredándose en una serie de giros poco verosímiles, entre malentendidos, intentos de robo y conversiones morales que acaban simplificando el conflicto inicial.
En este contexto, es sobre todo Greta Scarano quien aporta credibilidad emocional al conjunto. La actriz evita cualquier tipo de complacencia y construye un personaje autónomo y combativo, definido no por su discapacidad, sino por la forma en que afronta los obstáculos cotidianos: los recorridos que debe memorizar o las obras que alteran sus puntos de referencia. Una interpretación que le ha valido a la actriz y directora (también muy elogiada por su debut tras la cámara, La vita da grandi, ganadora el año pasado del Nastro d'Argento) el premio a la mejor interpretación femenina concedido por el jurado internacional del Festival de Taormina, presidido por Jane Campion.
Piccolo miracolo ha sido producida por No Name Entertainment y Alea Film con Rai Cinema, en colaboración con Sky.
(Traducción del italiano)
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