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Crítica: Motherwitch
- La cinta de Minos Papas, arraigada en el folclore chipriota y el duelo materno, es un relato de folk horror irregular pero distintivo cuya especificidad local resulta más poderosa que sus sustos

Motherwitch, de Minos Papas, llega a la competición mediterránea del Mediterrane Film Festival tras su estreno mundial a principios de este año en la sección Harbour del IFFR, y resulta fácil entender por qué funciona como una propuesta de género con una marcada identidad regional. La cinta, ambientada en Chipre en 1882, durante los primeros años del dominio británico, sigue a Eleni (interpretada por Margarita Zachariou), una pintora formada en Francia cuya vida se desmorona cuando sus tres hijos mueren en un trágico accidente. Ante el rechazo de la comunidad y un dolor que la consume por dentro, recurre a un ritual basado en la creación de imágenes que promete devolver a los muertos a la vida, pero que en realidad abre la puerta a los Kalikantzari, espíritus procedentes del folclore chipriota.
Este planteamiento podría hacer pensar en un esquema bastante reconocible dentro del folk horror: duelo, superstición, ritual prohibido, castigo y, finalmente, el enfrentamiento con aquello que el dolor ha invocado. Sin embargo, Motherwitch alcanza sus mejores momentos cuando se apoya en la singularidad de su contexto. Papas, que firma el guion junto a Nikolas Kouroumtzis y Euripides Dikaios, no trata Chipre como un simple escenario, sino como la auténtica savia que alimenta la película. El uso del griego, el inglés y el francés, los dialectos locales y las tradiciones orales, los paisajes rurales y la tensión entre el cristianismo, los vestigios del paganismo y la autoridad colonial dotan a la obra de una riqueza cultural que hace más fáciles de perdonar sus imperfecciones.
Desde el punto de vista visual, Motherwitch demuestra una notable seguridad. La fotografía de Jack McDonald apuesta por un marcado contraste entre las escenas diurnas —luminosas, aunque rara vez tranquilizadoras, casi siempre cubiertas por densas nubes que parecen cernirse sobre los personajes como un mal presagio— y las secuencias nocturnas, escasamente iluminadas en el mejor sentido del término: turbias, inestables e inquietantes, más que simplemente subexpuestas. La arquitectura de piedra en ruinas y los espacios desolados contribuyen decisivamente a crear la atmósfera, mientras que la sombría banda sonora de Charles Humenry sostiene la tensión sin subrayarla en exceso. No es una música que permanezca en la memoria, pero sabe perfectamente cuál es su función.
El reparto ofrece un nivel sólido, aunque desigual. Zachariou afronta la complicada tarea de expresar el duelo tanto desde una perspectiva íntima como casi operística, y en algunos momentos alcanza una intensidad extraña y fascinante. También hay pasajes —en parte debido a unos diálogos que a veces resultan demasiado enfáticos y teatrales— en los que su interpretación cae en la sobreactuación. En ocasiones, ese efecto produce un distanciamiento útil, como si Eleni ya habitara a medio camino entre la realidad y el cuento popular; en otras, resta credibilidad al drama. En contraste, el joven Sifis Katsoulakis aporta los momentos más convincentes de la película en el papel de Michalakis, el niño maltratado que acaba implicado en el ritual de Eleni. Su interpretación transmite honestidad y vulnerabilidad, y la relación que establece con ella constituye el auténtico eje emocional del largometraje.
Donde Motherwitch tropieza con mayor claridad es en algunas de sus imágenes generadas digitalmente. Los rostros demoníacos y las apariciones de las criaturas no siempre resultan convincentes y, en ocasiones, rebajan el sentimiento de inquietud que la puesta en escena había construido con tanta paciencia. Es una lástima, porque los elementos más sugerentes de la película suelen ser mucho más efectivos que sus imágenes de terror más explícitas. Papas comprende bien la dimensión de cuento popular que encierra este material, y el recorrido de la historia —desde el duelo hasta una fantasía destructiva y, finalmente, hacia una frágil idea de creación— funciona con eficacia.
Así, Motherwitch no es una obra completamente controlada, y su intensidad emocional a veces acaba jugando en su contra. Aun así, se trata de una peculiar y valiosa propuesta de folk horror chipriota-griego: visualmente cuidada, profundamente arraigada en su contexto cultural y sostenida por la sincera convicción de que los mitos sobreviven porque el dolor cotidiano siempre encuentra nuevos cuerpos que habitar.
Motherwitch ha sido producida por Caretta Films (Chipre), en coproducción con Cyprian Films New York (Estados Unidos) y Focus Pocus Films (Macedonia del Norte). Las ventas internacionales de la película corren a cargo de la parisina B-Rated International.
(Traducción del inglés)
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