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KARLOVY VARY 2026 Competición

Crítica: Black Money for White Nights

por 

- Los búlgaros Kristina Grozeva y Petar Valchanov regresan con otra tragicomedia arraigada en las peculiaridades de la mentalidad mezquina de su país, esta vez alimentada por el contexto político global

Crítica: Black Money for White Nights
Ivan Savov y Tanya Shahova en Black Money for White Nights

Tras la alegórica Triumph, que puede resultar difícil de descifrar, sobre todo para las audiencias extranjeras no familiarizadas con la historia real que la inspira, Kristina Grozeva y Petar Valchanov regresan a su habitual registro satírico con su quinto largometraje, Black Money for White Nights, que acaba de celebrar su estreno mundial en la competición por el Globo de Cristal en Karlovy Vary. Al igual que en La lección y Un minuto de gloria, que les valieron la reputación de cronistas de relatos morales, en este caso el conflicto también es de naturaleza cotidiana, pero se adentra más en el alma de los personajes, no solo desvelando rasgos individuales, sino aspirando, en última instancia, a ofrecer un diagnóstico social más amplio. Y cabe esperar que ese diagnóstico no termine equiparando la inmoralidad con ciertas preferencias culturales; de lo contrario, la propia película corre el riesgo de alinearse con el cine dogmático del pasado, a menudo añorado con nostalgia por quienes comparten esas mismas sensibilidades.

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La enfermera de maternidad Marina (Tanya Shahova) y el controlador ferroviario Gosha (Ivan Savov), una pareja sexagenaria, han construido una vida cómoda gracias a pequeños sobornos y chanchullos laborales con los que compensan sus exiguos sueldos del sector público (un detalle que ya los caracteriza desde el inicio). A ese perfil se le suma un aura cultural: el peludo gorro siberiano de Marina y su fe ortodoxa, teñida de superstición; el papel pintado con abedules del salón, símbolo del alma rusa, común en los hogares búlgaros durante el socialismo; y su viejo sueño de contemplar las Noches Blancas en San Petersburgo, para lo cual ahorran y pagan en dinero negro a una agencia de viajes que desaparece con el estallido de la guerra en Ucrania. El timo sacude a su pequeña familia, saca a relucir trapos sucios del pasado y destapa secretos en torno a la ausencia de hijos, hasta poner en cuestión la propia relación. Y mientras Marina busca la redención motivada por un miedo a Dios profundamente arraigado, casi pagano, Gosha se niega a resignarse, para estrellarse de bruces contra el muro impenetrable de la omnipresencia mafiosa y la erosión social endémica.

Los protagonistas son más arquetipos que seres de carne y hueso, interpretados con matices y naturalidad por los experimentados Shahova y Savov. Son impredecibles, pero de algún modo están constreñidos dentro de sus perfiles predefinidos de conformistas moldeados por el engañoso régimen comunista, sin cuestionar su herencia en la mentalidad local. Sus rasgos bien definidos se vuelven aún más pronunciados por el contraste con la familia de la hermana menor de Marina, Lyudmila (Margita Gosheva), que vive modestamente pero con honradez junto a su marido taxista, Kosyo (Ivan Barnev), y sus tres hijos, y que no alcanza a comprender por qué Marina gastó tanto para ir a Rusia en lugar de perseguir las Noches Blancas en algún país realmente "blanco", más civilizado.

El choque entre sus valores representa la división (presente, pero también histórica) en la sociedad búlgara entre rusófilos y rusófobos, en la que los primeros salen invariablemente perdiendo, aferrándose aun así a la superficie al sostener un sistema obsoleto de corrupción cotidiana que ha impregnado todos los niveles. La cuestión de si la sociedad está verdaderamente moldeada por esas personas que aceptan las cosas tal como son se sustituye por una respuesta prefabricada, que la película convierte en una amplia "variación sobre un tema", envuelta en una atmósfera (cuidadosamente modelada por la sensible cámara del director de fotografía Alexander Stanishev) que oscila entre la nostalgia agridulce y una descomposición inmóvil y carcomida.

Al final, Black Money for White Nights se revela como una película bien escrita, visualmente impecable, rítmicamente equilibrada, envolvente y amargamente divertida, si bien presentada como una declaración, con poco margen para la interpretación individual.

Black Money for White Nights es una producción de la búlgara Abraxas Film y la griega Graal Films. Sus ventas internacionales corren a cargo de Cercamon.

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(Traducción del inglés)

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