Crítica: Les enfants sans terre
por Fabien Lemercier
- Al acompañar la búsqueda de la verdad sobre el pasado de dos chilenos en la cuarentena, arrancados a sus madres mediante la adopción, René Ballesteros firma un documental conmovedor de bella factura

“No sé si maldecirte o rezar por ti. Tengo miedo de buscarte y encontrarme contigo. A veces, me dan ganas de rendirme, pero mis ojos se han apagado sin haber visto los tuyos”. Estas palabras de una canción que se inyecta en el corazón del relato tejido por Los niños sin tierra, de René Ballesteros —estrenada a nivel mundial en la competición internacional de la 48.ª edición del Cinéma du réel—, ilustran perfectamente los profundos tormentos de las personas adoptadas durante su primera infancia que, ya adultas, intentan reconstruir y reconectar con sus orígenes.
Pero en la nueva película del cineasta chileno (su tercer largometraje tras Quemadura y Los sueños del castillo, ya aclamados en Cinéma du réel en 2010 y 2019) se añade un motivo de desgarro adicional, ya que los jóvenes cuarentones Daniel y Juan, respectivamente sueco y francés, pertenecen al pueblo mapuche y fueron arrebatados a sus madres biológicas, como les ocurrió a muchos niños chilenos durante los años 70 y 80.
“Este es el hospital donde nací hace cuarenta años. Le dijeron a mi madre que había nacido muerto (…) Es como volver a casa y que un ladrón te haya robado lo que más querías: tu identidad”. Al acompañar a Daniel y Juan en la búsqueda de las huellas de su infancia, René Ballesteros (premio Orizzonti al mejor guion en Venecia en 2017 por el largometraje de ficción Los versos del olvido, de Alireza Khatami) traza dos investigaciones muy personales y conmovedoras. Los reencuentros de ambos protagonistas con sus familias chilenas toman direcciones muy distintas, narradas de forma alterna por el atormentado Daniel (cuya madre y hermanastros nunca aparecen en pantalla) y por el apacible pero escéptico Juan (que encadena encuentros preguntándose si le están contando realmente la verdad sobre su adopción). Al revivir con intensa emoción su desarraigo brutal a través de fotografías y conversaciones para esclarecer el pasado, y “para recordar que la vida puede ser hermosa, pero que no empezó así”, ambos hombres recorren el territorio mental cambiante de sus existencias, como eco de la historia de los mapuches, antaño desposeídos de sus tierras.
Con un montaje hábil y aliviando su doloroso discurso mediante bellas ideas visuales (los conmovedores reencuentros en el aeropuerto, las noches heladas suecas con sus patos y zorros, el campo montañoso chileno y sus lugares sagrados ocultos, las calles nocturnas de Santiago y Temuco, etc.), la película esboza los retratos de dos personalidades muy contrastadas que tiran del mismo hilo. Al hacerlo, con paciencia y atención, revela también poco a poco toda una genealogía de sufrimientos indígenas (“me duele recordar”), de pobreza, pero también de fe y de herencia mística, como en un viaje que alcanza lo más profundo de uno mismo y el centro de la tierra: “Tu espíritu fue llevado muy lejos, pero has regresado. Nuestro espíritu vuela en otro espacio. Fuiste arrancado de tu espacio, pero tu alma, tu corazón y tu espíritu siempre pertenecieron a ese lugar. Protégete. Nadie está solo”.
Los niños sin tierra ha sido producida por la productora francesa Les Films d'Ici y coproducida por las productoras chilenas La Madre y Ballesta Films.
(Traducción del inglés)
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