Crítica: Os invitados
- La cinta de Cristina Diz y Stefan Butzmühlen presenta la textura, las interpretaciones y la emoción de una sólida road movie de época, y se esfuerza por que su viaje sea capaz de resonar

Cristina Diz y Stefan Butzmühlen firman Os invitados, que ha tenido su estreno mundial en la sección New German Cinema de la presente edición del Festival de Múnich. Se trata de una road movie sobre el amor, la muerte y el desarraigo que apuesta por la atmósfera y aspira a convertir su prometedora premisa en un convincente periplo dramático.
Ambientada en 1973, la película sigue a Iria (interpretada por Greta Fernández), una trabajadora migrante española en Colonia, y a Hajo (Jan Bülow), su novio alemán, en una época en la que las vidas privadas y las convulsiones históricas parecen colisionar. Cuando la madre de Iria, Maura (Mercedes Castro), es diagnosticada con una enfermedad terminal, la pareja decide llevarla en coche de vuelta a Galicia, cruzando fronteras, lenguas y sistemas políticos en un viaje que va sacando a la luz las tensiones de su relación y las contradicciones de la época.
El punto de partida es sólido, y Diz y Butzmühlen lo abordan con evidente sensibilidad. Su película no se interesa solo por el evidente choque cultural entre España y Alemania, sino por la incomodidad de quedar atrapado entre lugares, clases y obligaciones afectivas. Iria y Hajo no son solo dos amantes de distinto origen: también son dos personas que, en circunstancias extremas, descubren los límites de lo que pueden comprender el uno del otro.
El problema es que Os invitados es más atmosférica que eficiente desde el punto de vista narrativo. Su primer tercio emplea casi media hora en establecer una situación que podría haberse presentado al espectador mucho antes. La quietud de la película no es el problema: muchos de sus mejores momentos se construyen a base de silencios, miradas y la torpeza física de quienes aún no han encontrado las palabras para explicar lo que les sucede, pero el ritmo narrativo suele carecer de precisión, y algunas secuencias se alargan bastante más de lo que exige su función dramática. Una parada en una gasolinera y un baile en el campo, por ejemplo, contienen material potencialmente revelador, pero las escenas terminan alargándose en lugar de profundizar en él.
Esto también afecta a la estructura de road movie. El viaje debería, idealmente, trazar un pequeño mapa humano de la Europa de los años setenta, pero el microcosmos de personajes que se encuentran por el camino es escaso y apenas está esbozado. La película apunta hacia un paisaje político y social más amplio, pero rara vez dota a esos encuentros de la densidad suficiente como para que sean algo más que ilustraciones pasajeras. Incluso la premisa central (transportar en coche durante varios días a una mujer mayor en estado comatoso) exige una suspensión de la incredulidad que la cinta no siempre se gana.
Sin embargo, visualmente Os invitados resulta constantemente impresionante. La dirección artística es precisa sin resultar insistente, mientras que la fotografía posee una cualidad táctil y de época que evita la nostalgia, enfatizando el cansancio, el polvo, los interiores y los cuerpos en tránsito. Diz y Butzmühlen demuestran una visión clara para las texturas, y el mundo de la película resulta convincente y lleno de vida.
Las interpretaciones también hacen mucho por mantener la cohesión de la obra. Fernández dota a Iria de una intensidad contenida, presentando a una mujer cuyo duelo se ve complicado por la responsabilidad, la rabia y el exilio. El Hajo de Bülow es igualmente destacable, al capturar la mezcla de afecto, confusión y autosuficiencia juvenil de un hombre que quiere ayudar, pero no siempre entiende lo que se le pide. La compenetración entre ellos resulta a menudo sorprendentemente naturalista; paradójicamente, el ritmo de los intérpretes parece más orgánico que las transiciones narrativas del largometraje.
En su último tercio, Os invitados parece virar hacia algo casi espiritual, alejándose de la promesa inicial de una road movie social para adentrarse en una meditación más extraña sobre la muerte, la memoria y el sentido de pertenencia. El cambio no carece de interés, pero llega con excesiva brusquedad, como si la película hubiera descubierto otra identidad demasiado tarde. Tragedia, comedia y reflexión metafísica empiezan a convivir, pero la mezcla nunca llega a resultar especialmente convincente. Al final, la resolución se siente precipitada y un tanto impuesta, en lugar de surgir de manera orgánica del propio material.
Hay una película delicada y ambiciosa dentro de Os invitados, y sus mejores virtudes (los dos protagonistas, el trabajo visual y la seriedad de su propósito emocional) distan de ser desdeñables. Sin embargo, como objeto cinematográfico, sigue siendo difícil de identificar: demasiado difusa como drama, demasiado parca en personajes y encuentros para una road movie, y demasiado abrupta en su giro espiritual como para convencer plenamente.
Os invitados es una producción de la alemana Match Factory Productions, en coproducción con la española Frida Films. The Match Factory gestiona los derechos internacionales.
(Traducción del inglés)
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