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KARLOVY VARY 2026 Proyecciones espciales

Crítica: To Die to Live

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- El retrato que Yuliia Hontaruk ha hecho durante 12 años de tres combatientes ucranianos muestra cómo la guerra pervive no solo en las trincheras, sino también en los hogares, el lenguaje y la memoria

Crítica: To Die to Live

To Die to Live, de Yuliia Hontaruk, que tuvo su estreno mundial entre las proyecciones especiales de la 60.ª edición del Festival de Karlovy Vary, es el tipo de documental cuya larga gestación no es simplemente un detalle de producción, sino la propia fuente de su fuerza. Rodada a lo largo de 12 años, esta coproducción entre Ucrania, Letonia y Eslovaquia sigue a tres hombres ucranianos (Shakhta, Dancer y Potter) que se alistaron como voluntarios en 2014, regresaron a la vida civil tras la primera fase de la guerra y más tarde volvieron a verse arrastrados por la historia con la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022.

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La película comienza, inevitablemente, con la guerra: la cámara de Hontaruk nos lleva a las trincheras, a espacios arrasados y a posiciones militares donde el peligro nunca es abstracto. Sin embargo, lo que distingue a To Die to Live no son las propias imágenes de combate, sino el tiempo que pasa con sus protagonistas lejos del frente. Sus escenas más reveladoras suelen ser aquellas en las que los hombres están de vuelta en casa, tratando de reconstruir alguna forma de vida cotidiana aun sabiendo que la normalidad se ha vuelto inaccesible para ellos. La guerra no termina cuando abandonan el campo de batalla: perdura en sus relaciones, en sus silencios, en sus cuerpos y en su percepción del tiempo.

Hontaruk cuenta además con que sus tres protagonistas resultan sumamente magnéticos y nítidamente distintos. Shakhta es la presencia más abiertamente reflexiva de la película: herido, elocuente y cada vez más atormentado por el temor de que el conflicto no termine con su generación, sino que se transmita a los niños de Ucrania. Dancer posee una energía diferente, asociada al movimiento, la disciplina y la frágil posibilidad de la gracia. Potter es el más excéntrico de los tres y la fuente de varios de los escasos destellos de humor y ligereza de la película, que cobran aún más valor porque nunca parecen forzados. Cada uno tiene su propio ritmo, sus propias motivaciones y su propia personalidad, pero los tres comparten el mismo conocimiento terrible: cuando la muerte pasa a formar parte del día a día, ya no se puede seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido.

Uno de los mayores logros de la película es que nunca necesita subrayar en exceso hasta qué punto la guerra se ha vuelto omnipresente. Está en todas partes: en las lecciones escolares, en los espacios públicos, en las vallas publicitarias, en las conversaciones privadas y en la lucha contra la propaganda rusa. Hontaruk destaca además la importancia de la lengua en esta contienda, especialmente para aquellos ucranianos que crecieron hablando ruso como lengua materna. Cuando Shakhta le dice a una clase que su mayor arma es su lengua, la frase no suena a retórica, sino a una conclusión política y existencial alcanzada a un alto precio.

Es cierto que hay una simplicidad en el encuadre moral del documental. Su énfasis recae en lo que uno de los protagonistas describe como un "mundo bipolar": de un lado, una fuerza que quiere conquistar y someter; del otro, gente que quiere una libertad sencilla. En otro contexto, esto podría sonar demasiado esquemático. En cambio, aquí resulta honesto, porque no se trata de una tesis geopolítica abstracta, sino del mundo tal y como lo entienden hombres que han tenido que luchar, perder amigos, volver a casa, marcharse de nuevo y seguir viviendo en la incertidumbre.

En lo formal, To Die to Live es directa y austera. Pese al elevado número de directores de fotografía y montadores implicados, la película mantiene un lenguaje audiovisual sorprendentemente coherente, apropiado para un documental que prescinde de los adornos para ir directo al grano. Su estructura se vuelve más profunda con el paso del tiempo: cuanto más permanecemos junto a estos hombres, más se explayan en sus reflexiones y más dolorosa se vuelve la brecha entre la resiliencia y el agotamiento.

Lo que queda es una experiencia de visionado profundamente emotiva y la constatación de que, a lo largo de estos años, poco ha cambiado de forma fundamental salvo la escala de la incertidumbre. Sin embargo, Hontaruk no reduce a sus protagonistas a víctimas. Muestra a civiles obligados a dejar atrás sus vidas, a soldados que lidian con el trastorno de estrés postraumático, a familias que salen adelante día tras día y a un país que exhibe una fuerza extraordinaria contra todo pronóstico. To Die to Live no es solo una película sobre la devastación de la guerra, sino sobre la obstinada, casi irracional voluntad de seguir viviendo después de haber aprendido lo cerca que puede estar la muerte.

To Die to Live es una producción de Babylon'13 Production (Ucrania) y Directory Films (Ucrania), coproducida por VFS Films (Letonia) y Silverart (Eslovaquia).

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(Traducción del inglés)

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