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KARLOVY VARY 2026 Proyecciones especiales

Crítica: Learning to Breathe Under Water

por 

- En su entrañable relato sobre cómo aprender a afrontar la pérdida, Rebekah Fortune embarca a un padre y a un hijo en un viaje fantástico y agridulce

Crítica: Learning to Breathe Under Water
Ezra Carlisle y Maria Bakalova en Learning to Breathe Under Water

Sí, hay un tiburón de metal en el tejado. Y no, mejor no preguntar por qué. Para Peter (Rory Kinnear), los últimos cinco años no han sido fáciles. Desde la muerte de su esposa, este hombre callado y retraído se ha encerrado cada vez más en sí mismo, para disgusto de su hijo, el pequeño Leo, de ocho años (Ezra Carlisle). En lugar de jugar o hablar de su madre, Peter repinta paredes, monta sistemas internos del cuerpo en el garaje, confecciona un muñeco a tamaño real a su imagen o construye el susodicho tiburón. Eso sí, el tiburón, según Leo, es genial: puede contarle sus secretos y hablarle cuando algo no va bien.

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Esa es la premisa de la tragicomedia de la directora Rebekah Fortune, Learning to Breathe Under Water, que tuvo su estreno mundial en la sección Special Screenings de la 60.ª edición del Festival de Karlovy Vary. Pronto, todo empieza a cambiar. Tras la intervención de la profesora de Leo, la au pair Anya (Maria Bakalova) se muda con ellos y se hace cargo de la casa, proporcionándole una alimentación más saludable y el ocasional empujón que necesita para animarse a salir de casa. Los amigos no tienen por qué ser objetos, reflexiona el propio Peter, aunque no esté muy dispuesto a seguir su propio consejo. Mientras tanto, Leo empieza a abrirse con Anya y con sus compañeros de clase, sintiéndose por fin visto y escuchado.

Fortune marca el tono con un asombro infantil, expresando las fantasías infantiles, a menudo contenidas, de Leo mediante animaciones dibujadas y secuencias surrealistas. Aprender a orientarse en un mundo de adultos es difícil, y la película opta por ponerse a la altura de su pequeño protagonista. Es su mirada sobre los acontecimientos que le rodean la que marca la hoja de ruta del relato. Rara vez nos desviamos hacia escenas exclusivamente protagonizadas por adultos, ni se impone la gravedad del mundo de los mayores.

Leo observa que su nueva compañera de casa se ríe con facilidad y se pregunta cómo es cuando ve dibujos animados. En este esquema, Anya cumple la función de aportar luz y alegría en medio de un océano de estados de ánimo sombríos, aunque a veces su modus operandi se inclina demasiado hacia una positividad empalagosa. Sin embargo, el guion de Richard Brabin no la convierte en la llave de la felicidad de todos. Olvidémonos de las nociones clásicas del cuidado femenino: aunque intenta levantar los ánimos, nunca se le impone como tarea sanar la maltrecha salud mental de su casero. Tampoco necesita convertirse en una madre sustituta para llenar ningún vacío.

En su lugar, la película se pregunta con inteligencia qué hace falta para vencer a los propios demonios, para que la tragedia no pese tanto. Con todo, en el último tercio la cineasta se muestra demasiado ansiosa por encontrar una resolución pulcra al desasosiego de Peter y Leo, coqueteando con la peligrosa idea de que basta con algo de disciplina. Pero esos tropiezos no llegan a arruinar la experiencia. "¿Qué puedo hacer para ser mejor padre?", le pregunta Peter en una ocasión a su hijo. "Vive menos en tu cabeza", esa es la respuesta honesta; una que debería resonar con cualquiera en la sala.

Learning to Breathe Under Water es una producción de Wildcard (Irlanda), Shudder Films (Reino Unido) y KeyFilm (Países Bajos). Las ventas internacionales corren a cargo de Bankside Films.

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(Traducción del inglés)

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